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Misterio, Sacramento y Rito

Publicado: marzo 10, 2007 de alcion en La Tradición

sun_clouds.jpgEl RITO tiene que ver siempre con el aspecto final de un secreto cósmi­co que se revela a través del Sacramento; quizás podríamos decir que la expresión más gráfica la tenemos en el Cáliz y en la Hostia. El Cáliz es siempre el soporte, siempre es el aspecto ritual de la ceremonia; en cam­bio la Hostia siempre nos habla del Sacramento, de la Eucaristía –hablando en términos no cristianos sino esotéricos— en un sentido superior. Y aquella fuerza que inunda de Luz la Hostia, ¿qué es? Es el Misterio; es lo que tiene realmente una expresión para nosotros, que debe llevarnos y conducirnos íntegramente a la búsqueda de la Verdad; una Verdad que está en la unificación del Rito, del Sacramento y también del Misterio. Se nos habla del Misterio Iniciático, en todo caso, ya vemos que el Misterio consta siempre de varias etapas: el Misterio en sí que es la Voluntad de Dios, de la Mónada que trata de revelarse; el Sacramento que es el Ego que está tratando de acomodarse noblemente a la fuerza de la inspiración de la Mónada; y tenemos después la Personalidad, que es el cáliz donde ha de vertirse místicamente a través de la evolución, el Misterio a través de un Sacramento especializado, específico. Ahora bien, nos encon­tramos siempre ante la duda de cómo se opera en el Espacio y cómo nosotros podemos operar en el Espacio sin crear un antagonismo entre los componen­tes de nuestro Ser y los componentes del Espacio que nos rodea. ¿Cómo podremos ser MAGOS? Y ser Magos en un sentido plenamente espiritual, siendo precisamente unos artífices del gran momento que estamos viviendo, este momento es crucial y nos encontramos enfrentados ahora, ante el dilema de aprovechar nuestros conocimientos de la Magia, para operar como magos dentro del cuerpo social dentro del cual estamos inmersos; es como si les solicitase el trabajo de alumbramiento. Ustedes deben nacer a la vida es­piritual, y hacerlo de una manera en la cual el Misterio y el Sacramento sean la misma cosa, y que la Liturgia, que son los actos que realizan, no tenga una contraposición con el Misterio ni con el Sacramento. Estoy hablando de todo cuanto estamos realizando a través de las meditaciones, a través de los esfuerzos, a través del yoga, a través de nuestra Voluntad al Bien para comportarnos como verdaderos ciudadanos del Reino de Dios.

Esto es la Magia, no existe otra Magia; porque no existe una demagogia, sistema político para explicar cosas que estamos tratando de realizar y que constituyen la base de nuestra propia existencia espiritual, una espiritualidad que todavía no hemos llegado a comprender en su absoluta base de Misterio. Conocemos quizás una especie de Sacramento, quizás hemos tenido alguna vez algún contacto con el Ego, el Alma del Sacramento. Pero, ¿cuál es la Liturgia que debe representar esta fuerza, este Sacramento que a su vez es la fuerza mística del propio Misterio que tratamos de revelar? Entonces si ustedes piensan correctamente, si tratan de hacerlo con to­da honestidad, si ustedes viven íntegramente o tratan de hacerlo, dentro de los cauces de una verdadera conmoción social, ustedes están actuando con la gran Liturgia Cósmica, porque la Liturgia en el acto creador, y los actos del hombre, las palabras del hombre, sus pensamientos, sus deseos son la Liturgia y esta Liturgia debe estar a la altura del Sacramento del Ego, del Yo Superior o Ángel Solar, y esto naturalmente es un desafío a nuestra conciencia de investigadores.

No se trata solamente de aprender muchas co­sas, ni saber mucho acerca de la Magia, y sin tener dentro de nosotros la fuerza mística de la propia Magia, que es la Magia de la acción, que es la Magia del sortilegio, que es la Magia de la música, que es la Magia de to­do cuanto constituye lo más noble de nuestro ser.

Si estamos pendientes de ese trabajo, si vivimos de acuerdo con esta mística realidad, si tratamos de comportarnos dignamente como Magos Blancos entonces asistiremos a un despertar social. No sólo al despertar de nues­tra pequeña vida personal llena de ceremonias místicas, o llena de litur­gias o llena de ritos, sino que nos haremos Señores de los Sacramentos y más adelante a través de la Iniciación nos haremos Señores de la propia mística del proceso, del Misterio de la propia Divinidad. Llegando aquí, la Mente queda herida por estas ráfagas de Luz que surgen de la propia Con­ciencia de iluminación, vemos claro lo que es la iniciación, este proceso mágico que tiene que ver con la Voluntad de Dios de Ser, con la Voluntad de Realizar del Ego y con la expresión de la Liturgia a través de la personalidad en los tres mundos.

Vivente Beltrán Anglada. Extracto de una conferencia.

 

 

 

El esoterismo (Parte II)

Publicado: diciembre 8, 2006 de administrador en La Tradición

Luc Benoist

I- RITO, RITMO Y GESTO

El ritmo se oculta en el centro de toda manifestación, de toda actividad profunda del ser –o de cada cosa, puesto que nada es inerte– igual que la herencia dirige la formación de los seres vivos y el habitus intelectual la formación de los cerebros. Constituye el ritmo el armazón numérico de toda la naturaleza, de toda existencia, comenzando por la corporal. El hombre es un transformador de ritmos. Desde el nacimiento hasta la muerte está sumergido en una corriente de ondas en movimiento, en la que los grandes cielos de los años, estaciones y días, determinan la curva de su vida. El hombre gusta de los ritmos y busca ávidamente su percepción. Encuentra en ellos la satisfacción de una necesidad fundamental, la de una comunicación con el ambiente del mundo, con la armonía de la naturaleza y una paz consigo mismo.El acto intelectual llamado comprensión, o incluso conocimiento, consiste en el llamado de un recuerdo que cubre la novedad del manto de lo conocido bajo el velo de una imagen común, es decir, de un ritmo común. El signo sensible pone en acción una reacción de costumbre por la cual lo temible e insólito se tolerarán, aceptados y asimilados; se comprenderán, aunque de hecho, no nos revelen más que este primer encuentro. Lo inesperado se esfuma bajo la magia del ritmo y de la costumbre.El carácter esencial del ritmo consiste en la dualidad complementaria de sus fases, en una alternancia en que ellas se suceden, se compensan en torno de un punto de equilibrio, que es al mismo tiempo un punto de partida y de llegada. Este punto central, mantenido por el ritmo, es creador de una forma por una frecuencia eficaz y de menor esfuerzo que él establece. Las ondas de esta vibración equilibrada se propagan por una correspondencia sutil más allá del cuerpo físico, en la forma psíquica, en donde ellas establecen un estado de armonía y de serenidad, necesario para la obtención de los estados superiores del ser. Estas dos fases son perceptibles en los movimientos alternos de la respiración y del ritmo cardiaco sobre los que se apoyan la gran mayoría de los ritos de realización metafísica. Estos ritos constituyen procedimientos que permiten participar en las fuerzas colectivas que emanan de cada Tradición aún viva. Son éstas, por ejemplo, los mantras hindúes, los dhikrs musulmanes, las danzas sagradas, los himnos y los cantos, las oraciones salmodiadas, las plegarias de memoria, que ponen el cuerpo y el alma del que las recita en relación con el ritmo de la colectividad de la que forma parte, y también con el ritmo del mundo, al que Platón llamaba la música de las esferas. Todo rito, igual que todo acto según el orden, provoca la transmutación de los elementos sutiles del ser humano y facilita su retorno al estado de simplicidad original que es el estado paradisíaco. El rito se basa sobre una concepción intemporal de la acción, estabilizado en un eterno presente en que todo se puede repetir, no a la manera en que la ciencia moderna cree que un experimento es posible, sino más válidamente aún, puesto que una repetición rigurosamente idéntica exige una “salida fuera del tiempo”, que sólo el rito puede llevar a cabo.

II- LA INICIACIÓN

La iniciación, que debe introducir al aspirante en el camino de una realización personal, consiste esencialmente en la transmisión de una influencia espiritual. Esta “bendición” es conferida por un maestro, el ya iniciado, a un discípulo, en virtud de la cadena ininterrumpida, de la filiación efectiva que relaciona al maestro iniciante con el origen de la cadena y de los tiempos. Todo rito de iniciación conlleva gestos simbólicos que son testimonio de una filiación original. Citemos como ejemplo el beso del iniciante que transmite en esta forma al iniciado el soplo de la influencia espiritual que ha presidido la creación del mundo. El iniciante cuando realiza semejantes actos no actúa en tanto individuo, sino como un eslabón de la cadena, como transmisor de una fuerza que lo supera y de la que él sólo es un humilde portador.

Para que llegue a ser eficaz, la iniciación exige, por parte del aspirante, tres condiciones: disposición completa, recepción regular y realización personal. El postulante, en primer lugar, debe presentar ciertas cualidades físicas, morales e intelectuales. En efecto, el iniciado se apoya sobre una individualidad que, aunque limitada, debe ofrecer los menores impedimentos posibles. Siendo la finalidad la conquista efectiva de los estados superiores, o de otra manera una comunión con el Sí-Mismo, principio de todos los estados, exige una armonía absoluta del alma, un dominio completo de todos los elementos de la individualidad. Esta exigencia descarta a todos aquellos a quienes oprime un defecto corporal o una imperfección psíquica que se transformaría en obstáculo en el camino difícil que ellos quieren abordar, incluso si esas anomalías provinieran de un accidente. En efecto, todo lo que le ocurre a un ser le es semejante y ningún hecho le podría alcanzar si no existiera entre ellos una comunidad de naturaleza. Las condiciones más necesarias para recibir la iniciación pueden resumirse en cuatro puntos: pureza de cuerpo, nobleza de sentimientos, amplitud de horizonte intelectual y altura de espíritu. La iniciación debe ser otorgada por un maestro calificado, al que los hindúes denominan gurú (o anciano), los ortodoxos geron, que tiene el mismo sentido, y los musulmanes sheikh, y que desempeña con respecto al discípulo el papel de un padre espiritual, siendo la iniciación un segundo nacimiento. El maestro le acompañara en las dificultades surgidas de la aplicación del método. En cuanto a los conocimientos teóricos, cada organización posee un método para dar las enseñanzas.Una vez recibida la iniciación ésta sigue siendo virtual. Ella debe ser efectivamente valorizara por un trabajo personal, ya que cada persona lleva en sí misma propio maestro. Esta tarea tiene por fin realizar los estados que integran la personalidad. Pero esta idea de estados superiores es de tal manera extraña a la mentalidad moderna que exige algunas explicaciones. Cualquier individuo considerado incluso en la mayor extensión de sus dotes, no es un Ser completo, sino sólo un estado particular de la manifestación de un ser, que ocupa un cierto momento en la serie indefinida de los estados posibles de un ser total. Efectivamente, la existencia en su unicidad indivisible implica modos indefinidos de manifestación y esta multiplicidad implica correlativamente para cualquier otro ser una multiplicidad igualmente indefinida de estados, cada uno de los cuales debe realizarse en un grado determinado de la existencia. Por ejemplo, lo que hay de corporal en el yo, no es sino la modalidad física de una individualidad particular que es una condición limitada entre una gran cantidad de condiciones existenciales. A la Existencia misma en su amplitud corresponde únicamente lo que podría llamarse una posibilidad de manifestación, en tanto que la Posibilidad Universal, siguiendo a Leibniz, corregido en esto por Guénon, implica igualmente posibilidades de no-manifestación, para las cuales la noción de existencia que surge de la cosmología, y hasta la de ser, que surge de la ontología, dejan de ser adecuadas. La Posibilidad Universal surge sólo de la metafísica. Si se prefiere usar la terminología hindú se dirá que el yo o la individualidad no es sino un aspecto transitorio y particular del Sí-Mismo o de la personalidad, que es su principio trascendente. Esto debe ser entendido en los tres mundos y concierne no sólo a los estados de manifestación individual que dependen de una forma, sino a los estados supraindividuales y sutiles y más aún a los estados de no manifestación o estados posibles que la Unidad del Sí-Mismo engloba en su universal totalidad. Esta multiplicidad indefinida de los estados del ser, que corresponde a la noción teológica de la omnipotencia divina, es una verdad metafísica fundamental, la más alta que es posible concebir. Si la realización de los estados superiores puede ser considerada como accesible a algunas personas calificadas, es en virtud de la analogía que existe entre el proceso de la formación del mundo y el desarrollo espiritual de un ser, en sentido inverso, entiéndase bien ya que este camino es el de un retorno al origen. Desde una concepción universal, el mundo se presenta bajo tres aspectos, un estado de no manifestación que representa la Posibilidad Universal, un estado de manifestación informal o sutil que representa al Alma del Mundo y un estado de manifestación formal o tosca que es el del mundo sustancial de los cuerpos. La creación del mundo se presenta como una ordenación del caos o como la consecuencia de un “orden” divino, que la Biblia presenta como un Fiat Lux, ya que la luz ha acompañado siempre a las teofanías, y a que el orden se identifica con la luz. El rayo celeste de este “orden” o de esta “‘influencia” espiritual ha provocado en el centro del caos dual de la naturaleza una vibración luminosa que ha separado las “aguas inferiores” de las “aguas superiores”, es decir, el mundo formal del informal, lo manifestado de lo no manifestado, separación descrita al comienzo del Génesis. La superficie de las aguas, o plano de la separación de ellas, estado en que se opera el pasaje de lo individual a lo universal; plano en el que se refleja el rayo celeste de la iluminación.En efecto, en la misma forma del Fiat Lux divino, la influencia espiritual trasmitida al postulante, ilumina el caos tenebroso de sus aptitudes individuales. Esta partícula de luz intelectual se irradia en todos los sentidos desde el centro del ser, representado por su corazón, y lleva a cabo la completa expansión de sus posibilidades. Esta acción invisible se halla expresada en las diferentes tradiciones por el desarrollo de una flor, rosa o loto, sobre la superficie del agua. De esta manera el ritmo cósmico transmitido por el rito inicial, resuena en la vida de un hombre cuya función consistirá en seguir y completar el plan divino. Sólo en el momento en que el futuro iniciado comprende este fin, llega a ser digno de recibir la iniciación. Esta se realiza en virtud del desarrollo de las posibilidades ya incluidas en su naturaleza, pues ningún misterio llega de otro lado y siguiendo el sentido de la célebre sentencia hindú: ‘Lo que está aquí está más allá y lo que no está aquí no está en ningún lugar’.

III- EL CENTRO Y EL CORAZÓN Toda transmisión regular de una influencia espiritual proviene de un centro que se relaciona por medio de una cadena ininterrumpida al centro primordial mismo. Hablando en lenguaje geográfico, existen lugares que son más aptos que otros para servir de bases a esta influencia. Una geografía sagrada muy precisa ha determinado el emplazamiento de los santuarios, que posteriormente se han desarrollado en esos lugares y que se cuentan entre los más ilustres de la historia, como Delfos, Jerusalén o Roma para limitarnos al Occidente. La referencia de los templos al centro primordial se simboliza por su orientación ritual y por las peregrinaciones, que estando relacionadas con ellos, venían a significar un “retorno al centro”. En los primeros tiempos, las montañas consagradas por las teofanías, venían a ser el centro del mundo para cada Tradición, caso particular el monte Meru en la India. Sobre estas montañas se elevaron los primeros altares y se celebraron los primeros sacrificios. Piedras enhiestas, los betilos, fueron, a semejanza de los montes, considerados como receptáculos de la divinidad. Dentro de este tipo se conoce el Omphalos de Delfos, centro espiritual de Grecia, junto al que vaticinaba la Pitia poseída por la presencia del dios. Después los templos se ocultaron en el seno de las montañas en grutas naturales o construidas. Este cambio de posición de relación entre el monte y la gruta se realizó cuando un oscurecimiento progresivo de la Tradición transformó el lugar celeste en subterráneo y la gruta así llegó a ser el centro de las iniciaciones y de los misterios. Existen tantos centros derivados como tradiciones. Todos ellos se refieren a una Tierra Santa, morada de la Tradición Primordial, región suprema, según la palabra sánscrita Paradêsha, de la que los caldeos han derivado Pardes y los occidentales Paraíso. Esta comarca suprema adquirirá en las diferentes tradiciones múltiples formas, de jardín, ciudad, castillo, isla, templo, palacio… Como su origen es polar, será también el Polo o el Eje del Mundo. Así también se lo denominará Tierra Pura, Tierra de Inmortalidad, Tierra de los Vivientes, Tierra del Sol, etc. Considerado geométricamente como origen de la extensión o biológicamente como germen que irradia en un gesto rítmico la manifestación completa, esta Tierra, este centro, que simboliza un estado, es un punto de partida para la génesis de los lugares, de los tiempos y de los estados. En ese lugar privilegiado en que se refleja el rayo celeste de la influencia de lo alto, las oposiciones están resueltas, los contrarios unificados. Punto de origen y de llegada, comienzo y fin, principio y realización, él es el Medio Invariable de la Tradición china, la Estación Divina del esoterismo islámico, el Palacio Santo de la Kábala, en que la presencia divina, la Shekinah, se oculta en el tabernáculo. El estado primordial que corresponde al Paraíso es el de Adán en el Edén, primera etapa de la realización de los estados superiores. El atributo esencial de los centros que corresponde al equilibrio físico de los cuerpos y de la energía, y a la armonía de las almas, es la Paz del espíritu la Gran Paz del Islam, la Paz Profunda de los Rosacruces, La Pax inscripta en el umbral de todos los monasterios benedictinos. “Si la verdadera razón de las cosas es invisible e incomprensible, dice un texto chino, sólo el espíritu en estado de simplicidad perfecta puede llegar allí en profunda contemplación, al punto central en el que las oposiciones se resuelven en un equilibrio riguroso”. Este conocimiento verdadero es posible porque según Aristóteles es una identificación, un isomorfismo, como se diría hoy. Ello sería imposible si el hombre verdadero no fuese en cierta medida más que el hombre aparente, gracias al principio inmutable que constituye su esencia que tradicionalmente está situado en su corazón. En           efecto, si el conocimiento indirecto y discursivo depende de lo mental y de la razón, el conocimiento efectivo y directo que relaciona al ser con los estados superiores depende del “corazón inteligente”, que no es una facultad individual, sino universal como su objeto. Desde el punto de vista “microcósmico” todas las tradiciones sitúan el centro del ser en la “gruta del corazón”. El corazón es el órgano del Conocimiento, es el órgano del amor espiritual, es el soplo del espíritu, el pneuma, a causa de su relación con la vida. En el corazón se oculta el principio divino indestructible, llamado luz por la Tradición hebrea. Es el embrión inmortal de la Tradición china, al que el alma sigue unida algún tiempo después de la muerte. Como lo manifiestan más claramente que todos los demás, los ritos tántricos indios revelan que el trabajo iniciático consiste en la transformación, en la reabsorción progresiva de la energía sutil del hombre a través de los diferentes centros (chakras) de su cuerpo, situados a lo largo de la columna vertebral, en lugares además ilocalizables, pero vinculados al cuerpo por la misteriosa virtud de los nervios y de la sangre. Esta energía llega hasta el “centro de órdenes”, situado entre los dos ojos, centro que se une al “sentido de la eternidad” y al ojo invisible del conocimiento. En ese lugar el ser recibe las órdenes de su dueño interior, que se identifica con el Atma hindú, con el Sí-Mismo, determinación primordial y no particular del principio que puede denominarse el Espíritu Universal. Por él, el ser llega a la perfección del estado humano antes de superarlo.

IV- MISTICISMO Y MAGIA Mientras una Tradición o una religión es más antigua, más numerosos son los estados que puebIan el mundo intermediario que ella considera, como lo muestran las mitologías exuberantes de Egipto, la India y Grecia. Para los herederos de estas tradiciones, hay en ello una herencia peligrosa. En efecto, este mundo más externo y más complejo que el mundo de los cuerpos, ofrece un caos de influencias diversas por medio de las cuales, el ser, al fluir se arriesga permanentemente. Las mismas fuerzas y los mismos fenómenos pueden tener causas exactamente opuestas y la doctrina del Islam insiste sobre el hecho de que es por el alma (nâfs), que surge del mundo intermediario y sutil, por lo que Satán subyuga al hombre. Sólo en ese estado puede llegar a ser el adversario del Dios No Supremo, puesto que este mundo es el de la dualidad, en tanto que el Principio Supremo y trascendente, idéntico a Brahma no cualificado, está siempre fuera de alcance. Conviene, por lo tanto, antes de ir más lejos, distinguir el esoterismo de las disciplinas con las que el lector las podría confundir, especialmente la magia y la mística. En el sentido ordinario de la palabra, la mística goza de un estado pasivo, de gracia sobrenatural, cuyo, surgir involuntario no permite siempre reconocer su verdadera naturaleza. Esta concepción pasiva de la mística no hace justicia a los grandes místicos cristianos en el sentido canónico del término, que como lo muestra la vida de San Juan de la Cruz, han concretado estados muy elevados, nada pasivos y muy superiores, no obstante, a los de iniciados simplemente virtuales. El estudio de la teología mística mostraría por el contrario una segura equivalencia entre los estados espirituales de los santos y los de los Shaktas de Oriente. La verdadera diferencia se encuentra en la ausencia de una cadena espiritual, lo que aísla al místico cristiano dentro de su propia Tradición, en tanto que el iniciado oriental es reconocido aceptado y ayudado por una organización legítima. En cuanto a la magia, su caso es enteramente diferente. Es una ciencia experimental tradicional que no tiene nada de religiosa. Las operaciones mágicas obedecen a leyes precisas que el mago se limita a aplicar. Para hacerlo, capta y utiliza las fuerzas psíquicas disponibles del mundo intermediario. Estas fuerzas sutiles están relacionadas con el estado corporal de dos maneras diferentes, por el sistema nervioso y por la sangre. Sus efectos son comparables a los de un campo de fuerzas de las que el mago dispone con fines diferentes. En el mundo de los cuerpos, estas influencias actúan por medio de entidades sutiles, como las elementales de los reinos de la naturaleza, o ciertos objetos o lugares. La acción mágica está basada sobre la ley de correspondencia que relaciona por afinidad los elementos naturales y transforma ciertos objetos en condensadores de energía. A veces, como en la India, el mago fija estas fuerzas sobre su propio cuerpo y se adscribe poderes que superan sus capacidades ordinarias. La condensación de estos conglomerados de fuerzas sutiles son comparables a las operaciones alquímicas de “coagulación” y de “solución” que se denomina también “llamada” y de “solución” en la magia ceremonial. Cuando toda relación está rota entre estas influencias errantes y el orden espiritual, caen en el dominio de la hechicería, que utiliza las formas más bajas de la magia negra, que han llegado a ser demoníacas. Entre éstas, las más temibles provienen de influencias de las que se ha retirado el espíritu y se mantiene fuera de todo soporte físico. Esto explica el carácter nocivo de los restos de antiguas religiones y de tradiciones muertas, sobre todo, cuando se trata de las “almas de los muertos”, dobles egipcios, ob hebreo, manes latinos y hasta ídolos del “paganismo”, ya que los dioses abandonados caen en el rango de los demonios. Esta mezcla de metempsicosis anónimas del mundo intermediario, este forcejeo de potencias oscuras y temibles explica la necesidad de un conocimiento muy desarrollado de la parte del ser que debe necesariamente “atravesar” este campo de fuerzas y franquear numerosas etapas antes de alcanzar la zona de las cimas, de los estados propiamente espirituales, que llegan a ser, entonces, lo que el esoterismo musulmán llama estaciones, es decir, estados fijos y definitivos.

 

 

 

El Santo Grial y el medievo

Publicado: diciembre 7, 2006 de administrador en La Tradición

saint-graal.jpgDr. Carlos Raitzin

Guénon no dejó demasiado escrito sobre la Caballería Iniciática  en  general  pero sí sobre sus formas particulares y,  más  aún, sobre el tema central que fue y es objetivo central de los Caballeros auténticos a lo largo de los siglos: el Santo Grial.  Este es un Misterio maravilloso  por excelencia del que nos dicen  las obras de caballería que es gran secreto que “está presente en  la tierra  con la plenitud de su Virtud Celestial” (veremos  después cuan exactas son estas maravillosas palabras). Al  respecto  del Santo Grial Guénon constituye una vez  más  la  guía más segura y,  junto con la obra memorable de Pierre Ponsoye “El Islam y el Grial”, referencia obligada en este tema. Los  dos títulos  fundamentales  de Guénon al respecto son  los “Símbolos fundamentales  de  la Ciencia Sagrada”  y los “Aperçus  sur  l’ ésotérisme chrétien”.

La investigación histórica realizada en este último medio siglo  ha hecho,  empero,  que el tema del Santo Grial  haya venido  a  presentar  aspectos que hacen no solo al orden puramente espiritual  y  metafísico sino que se refieren a la trama  íntima del cristianismo  histórico desde su fundador mismo. Es precisamente este aspecto el que obliga a una revisión profunda de  prejuicios que el dogma religioso nos inculcara desde la infancia. Me refiero, claro está, al tema del denominado Linaje Sagrado sobre  cuya existencia  se han venido acumulando evidencias y argumentos que resultan del más alto interés. Pero como este asunto (que hoy es ya secreto a voces) nos llevaría demasiado lejos y ocuparía demasiado tiempo lo dejaremos para una  futura  exposición en la que volcaremos  gran  cantidad  de  información  aún desconocida en nuestro medio. Digamos  desde  ya  que existen documentos muy antiguos que robustecen esta suposición, comenzando por los Evangelio de Felipe y de Tomás que datan del siglo I y fueran hallados en 1946 en Nag Hammadi,  Egipto. Es  más,  en  los últimos tiempos el tema se ha complicado  pues  han surgido evidencias de que podrían existir dos Linajes  Sagrados, uno originado en Tierra Santa y otro en Cachemira. En rigor lo que nos ocupa hoy son los aspectos metafísicos de la Caballería  y  del Santo Grial y es obvio que los Caballeros  no tenían  por  meta un encuentro terrenal con los  integrantes  del Linaje  Sagrado  sino una realización en el  orden  espiritual  y metafísico que hace de pleno a los estados superiores del ser.

El  tríptico  de los significados tradicionales del  Grial se reduce pues a dos para nuestros objetivos de hoy. De esos dos  el primero se  reduce enteramente al orden místico-religioso en  el nivel exotérico y es por ello de interés solo como símbolo  exterior  de una Realidad maravillosa pero velada a los ojos  de  la gran mayoría  de los mortales. Nos referimos,  claro  está,  al significado del Grial en cuanto copa o cáliz de la Ultima  Cena, tallado, según narran algunas leyendas, de  una  esmeralda  que rodara  de la frente de Lucifer al producirse la rebelión de  los ángeles. De acuerdo a las tradiciones (que han llegado incluso  a ser eclesiásticas) este Santo Grial o Sangrial (Sangre Real)  fue transportado desde Oriente a la Galia por María Magdalena escoltada por José de Arimatea. Vemos pues como se enlaza este segundo significado  simbólico  con el primero ya mencionado en cuanto alusión a la Sangre Real y al vaso portador de la misma. En rigor el  Grial es el vaso portador de Dios y este significado externo debe comprenderse con claridad para llegar a donde debemos. En  estas  versiones folklóricas de la leyenda del  Grial debe saber verse  precisamente una forma popular de enseñanzas de orden muy elevado expuestas en forma velada y que difícilmente podrían  ser captadas  por  personas sin la debida calificación  en el  orden iniciático.

De hecho aquí asoma el Grial como símbolo de un estado superior del ser que se ha perdido pero que puede ser reencontrado por  el hombre.  De ahí la importancia suprema de la búsqueda  del Santo Grial  que  tanta audacia, nobleza y sacrificio requería  de los Caballeros. Naturalmente la cuestión del Grial rebasa ampliamente a una forma religiosa particular, en este caso el cristianismo. Por  ello  sería  una simpleza limitarse a ver  en  este símbolo perteneciente  a la Tradición Primordial una mera alegoría eucarística.  Para abundar aun más queda claro que  lo verdaderamente importante en este nivel de significación no sería el cáliz en sí sino su contenido. El cáliz se reduciría en todo caso a ser reliquia histórico-mística de gran importancia y nada más. Aquí le cedemos la  palabra al gran experto en mitos Joseph Campbell  quien,  con sólido  buen  sentido, expresó en su libro “Myths  to  live”  lo siguiente:  “Para que necesitaba nadie ir a buscar a Dios  (o  al Grial)  cuando estaba presente en todos los altares de todas  las iglesias de la Tierra?” . Así se hace aún más obvio que el  Grial no pertenece a la esfera de lo simplemente religioso sino  a  un orden  mucho más elevado que es el iniciático. A nivel religioso simplemente  encubre  como símbolo una  verdad trascendente  que constituye  el  hecho  central de la metafísica iniciática.

Se  comprendió poco y mal en el medioevo todo este asunto y se asoció el Grial únicamente al cáliz sagrado, lo que pone drásticamente  en claro la total ignorancia de los sacerdotes respecto de  la  Tradición Primordial. No es para  todos  el Conocimiento inherente  a este símbolo  y mucho menos aún el tener acceso  al  Grial mismo.  Vale la pena recordar como de todos los esforzados  Caballeros de la Tabla Redonda solo Sir Galahad lo alcanzó plenamente para  morir poco después. Esta narración es, en sí misma, una  lección.   El Grial no puede ser la posesión exclusiva y permanente de nadie en particular en este mundo pues aguarda a todos los seres dignos que puedan llegar a alcanzarlo.

 

La  etimología  del  término Grial

 

Es cosa discutida  y  aún no completamente  resuelta.  Según algunos  provendría  del término Grasale  o Gradale, copa ancha y de poca profundidad usada en la Edad Media. Desde luego esta es precisamente la forma frecuentemente  observada hasta hoy en los cálices de las iglesias.  Pero, si  nos atenemos al orden natural de las cosas, lo más sensato  es suponer como hace Guénon que el simbolismo del cáliz o vaso  hace alusión directa al vaso natural portador de la sangre humana el cual es, desde luego el corazón. Allí está el Sang-Rial o Santo Grial portador de Dios. Y aquí llegamos a la solución del gran enigma. Esta solución es el punto  central de la Tradición Primordial que  identifica al corazón  con el centro del ser en el género humano, pues en cada corazón mora la chispa divina que es la esencia de nuestra vida y la gloria suprema de nuestra alma. Este punto tan velado y oscuro en  la  Tradición Occidental se torna claro y  luminoso si  nos remitimos  a  la Tradición hindú. Esta es clara  y  explícita al respecto, designando  a ese fragmento divino con  el  nombre de Jiva-Atma (el espíritu prisionero), el que constituye la meta suprema de nuestra adoración y búsqueda espiritual. También es denominado Adhi-Atma  (o el Espíritu como Morador Interno). Vemos como, una vez más, el recurrir a otras formas tradicionales permite clarificar dificultades que serían insuperables si  nos limitamos a textos occidentales. Los grandes Rishis  hindúes  nos hablan del Jivatma, radiante como millones de soles  en su  Gloria, morador entronizado en la cámara etérica de  nuestro corazón.  Al Jivatma se refieren dos aforismos sapienciales  hindúes que vale la mencionar aquí. El primero dice: “Quien  conoce a hradhara (el corazón) conoce a dahara (la cavidad)”. Claro está que esto  alude a la cavidad o cámara etérica donde mora el Jivatma  radiante,  a  quién  se designa también como Yoti (la Llama de Amor)  dado  que así también se lo visualiza. Esto aclara algunas expresiones  que  hallamos en los grandes Iniciados, como Teresa de Avila y Juan de  la Cruz. La experiencia iniciática central es el contacto (o  Yuj en sánscrito)  de nuestra conciencia humana  individual  con  la Conciencia  Universal o Fuente de Dicha Infinita entronizada en nuestro  corazón. Este contacto (Yuj) es el verdadero y esencial objetivo  del  verdadero  Yoga, cuyo nombre de ahí deriva  y  su efecto inmediato es el alcance de la más elevada e inefable Dicha Divina  (Ananda). Lo  anterior  aclara al segundo aforismo hindú al que  me refería antes,  el  cual  expresa: “Deseosos los dioses  de esconder  la Verdad  y la Felicidad Suprema donde el hombre no pudiera encontrarlas, las escondieron finalmente en el mismo corazón de este”. Digamos de paso que esto aclara a frases de Jesucristo que no son comprendidas en absoluto en medios religiosos, tales como “Yo  os digo:dioses  sois”  y “El Reino de los Cielos está en vosotros”. Podríamos  ir  mucho más lejos en esta dirección pero el  querer ceñirnos al tema nos lo impide. En un futuro trabajo me referiré por ejemplo a la noción del “grano de mostaza” que figura en  los Evangelios  y que es símbolo inabordable directamente (la misma  Santa  Teresa  de Avila lo confiesa) salvo para quien conoce a los  Upanishads hindúes.

 

Esta presencia divina en nuestro corazón es la realidad metafísica simbolizada en el Santo Grial y enseñada en todos los santuarios Iniciaticos  como  verdad fundamental  de  la Tradición Primordial.  A tal punto esto es importante que podemos calificar de fragmentaria y espuria a una corriente espiritual que pase por alto  este hecho absolutamente esencial. De esto hablan los Iniciados por doquier, revistiendolo con el ropaje de los  conceptos propios de Oriente y de Occidente, del cristianismo, del hinduísmo, del islamismo y de otras cien corrientes tradicionales.

 

Los Maestros hindúes expresan en forma taxativa que cada ser  humano  tiene  el deber y la obligación de adorar cada día  a  la Presencia  Divina  en su corazón, pues esta Presencia es  lo  más sagrado  de nuestro ser y la dadora de nuestra vida.  Somos pues todos portadores del Santo Grial y ahora ya sabemos donde buscarlo por medio de nuestras disciplinas espirituales. Y para completar este paralelismo asombroso con las enseñanzas hindúes  recordaré  que la tradición occidental del Grial menciona que el Santo Cáliz fue  entregado por Jesucristo mismo resucitado a José  de Arimatea.  Pero  antes  Jesús escribió en el  cáliz  una Palabra Secreta  que solo pueden conocer el Maestro y el discípulo.  Aquí el paralelo con la tradición hindú es asombroso pues esa palabra  secreta  no es otra cosa que el Ekakshara. Este Ekakshara  es  un mantra  secretísimo  que el Maestro comunica de boca  a  oído  al discípulo  calificado y cuya repetición facilitará y  acelerará grandemente la toma de contacto con la Fuente de Dicha infinita o sea la Divinidad en nuestro corazón.    Como símbolo  el Grial ha caído lamentablemente  en  desuso dentro del cristianismo y, por razones que no escaparán, incluso fué tildado de herejía en su momento. Se lo ha reemplazado por otro que todos  conocemos pero que pocos comprenden en profundidad  y cuyo significado metafísico es exactamente el mismo del Santo Grial.   Este nuevo símbolo es el Sagrado Corazón de Jesús, cuya representación usual tenemos todos bien presente. Veamos brevemente el porque de  esta identidad de símbolos. Si analizamos esta representación nos daremos cuenta de que en ella Jesucristo exhibe su  corazón  radiante del cual surge una llama, el Yoti. El nos está  enseñando el Secreto del Santo Grial, la Llama de Amor, la Presencia Divina en nosotros. Pero hay quienes que no desean que esto se divulgue. Si sabemos que Dios está en nosotros ya no necesitaremos intermediarios y vicedioses… Este otro símbolo iniciático es confundido a nivel exotérico dentro  de  la Iglesia actual con una simple devoción. Ni por un momento  se repara en su alcance incomparablemente más elevado. Incluso no  se  vacila  en  calificar de heterodoxo a quien señale  su  real significado, cosa que ocurrió precisamente con René Guénon cuando se puso fin a su colaboración con la revista católica “Regnabit”. No nos cabe duda de que su espiritualidad y su talento ofendían a un medio tan limitado. En  suma  y conclusión resulta lo que ya sabemos o  sea que los fanáticos  religiosos  han  sido desde siempre  la variedad más abominable de los enanos mentales. Pero sería inexacto pensar que la   incomprensión  reina  solamente  en el ámbito religioso.      Autores  entre  ocultistas y místicos como Arthur Waite  y  John Matthews han dedicado al Grial libros que ponen en evidencia que no han comprendido ni una palabra de los aspectos más elevados e importantes de este asunto.

Históricamente la noción del Grial aparece en Europa como parte de  la transmisión del conocimiento metafísico de los druidas al cristianismo.  Al respecto las pruebas y documentos no escasean  pero en rigor nociones en todo análogas aparecen en otras  tradiciones  con  muchos  siglos de anterioridad a  la aparición  del cristianismo. Es que la Tradición Primordial reaparece con contenidos idénticos y diferentes ropajes de acuerdo a las condiciones de  lugar, tiempo  y circunstancia. Muchos  se  sorprenderán  al reencontrar el motivo del Grial en otras tradiciones y contextos.  En  el valioso libro de Michelet hallarán un resumen  de  estas donde se menciona el Vaso de Vulcano, el Amrita hindú y el  vaso milagroso  de los bretones llamado Azewladour. Todos estos  vasos conferían las supremas sabiduría y felicidad, curaban las heridas y  resucitaban a los muertos. Hasta el cine ha recogido  no  hace mucho el tema del Grial. Pero sería del todo insensato pensar que  debemos ir muy lejos como hacían los Caballeros para encontrarlo.  El Grial está realmente muy cerca nuestro…   Para  concluir,  que esta presencia de Dios en  el  corazón  de todos  nos  recuerde cada día que Dios nos tiene a  todos  en  el suyo.

 

 

 

La Dama del Lago y la Espada de Luz

Publicado: diciembre 7, 2006 de administrador en La Tradición

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Por Ángel-Gaspar Celdrán

  • Tradición inglesa: leyendas artúricas.

Para poder hablar de la Dama del Lago y de la Espada de Luz, debemos remontarnos a la tradición inglesa. A través de ésta, la Dama del Lago se nos presenta como la gran sacerdotisa de la Isla de Avalón, centro de poder espiritual de la tradición druida, tradición que basaba toda cosmogonía en las fuerzas y energías que emergen de la tierra. La tierra era considerada entonces como fuente de conocimiento, y daba sus frutos a quienes vivían en armonía con ella. La tradición inglesa relaciona siempre a la Dama del Lago y a la Espada de Luz con el rey Arturo, si bien existen distintas leyendas al respecto.La principal de las leyendas artúricas parte de la existencia de una necesidad: para que el Conocimiento de los antiguos misterios no cayera en el olvido se necesitaba un vínculo que uniera la vieja sabiduría druida con el nuevo horizonte cristiano que empezaba a extenderse en suelo inglés; este vínculo sería la espada de Excalibur. Tal espada es un objeto sagrado, símbolo de poder, fuerza y orgullo; ha sido forjada en Avalón y representa la sabiduría que la tierra otorga a quien la esgrime por una causa justa. Excalibur no es, por tanto, una espada cualquiera; es una espada mágica dotada de toda clase de poderes. Además, se trata de una espada destinada a un rey, a una persona y sin doblez. La Espada Excalibur le será así entregada a Arturo, el primero de los reyes cristianos, por la Dama del Lago, porque Arturo se hace merecedor de ella. La Dama del Lago es la guardiana de la pureza de la Tradición, de la Verdad, de la enseñanza auténtica y arcana que permanece inmutable a través del tiempo, y, como tal guardiana, emerge del lago y su mano entregará a Arturola espada mágica de luz para que este preserve la supervivencia de los arcanos y antiguos misterios durante su vida, puesto que a la muerte de Arturo la espada deberá ser devuelta a la Dama del Lago. Aceptando la espada Arturo se comprometía a salvaguardar el conocimiento espiritual que los druidas habían aportado y cuyos ritos aún perviven. Pero, Arturo olvida y desatiende su compromiso, por lo que la Espada de Excalibur debe ser restituida a su lugar, a las aguas del lago que circunda la Isla de Avalón. La Dama del Lago tiene que arrebatársela a Arturo, pues éste ha dejado de ser digno de ella. Otras versiones artúricas afirman que sería nombrado rey de Inglaterra aquella persona que pudiera arrancar la espada de Excalibur de una piedra o yunque donde estaba clavada, siendo Arturo quien consigue hacerlo y quien, por lo tanto, es proclamado rey.
  “La Espada Excalibur está clavada en la Roca y, en consecuencia, la Energía de su Hoja sólo irradia en el interior de la Roca. Es preciso extraerla y darle la vuelta: en eso es en los que tú eres del Linaje de los Caballeros de la Espada”.“Caballero, haz que brille tu Espada. Ejercítate en tiempo de paz en el Manejo del Arma, y salmodia también tu Breviario de Textos Sagrados” 

  • Especial referencia a la figura de la espada.

A diferencia de la figura de la Dama del Lago de la cual no hay mención alguna hasta los relatos artúricos, la espada tiene un origen anterior, haciéndose referencia a la misma en numerosos y variados libros.

En la tradición cabalística, la espada es la Razón, el sexto Sephiroth del Ruach. El centro de Ruach es el corazón, y se puede apreciar que esta Espada de Ruach debe ser clavada por el propio caballero en su propio corazón.

– En la Biblia, la espada es un término que aparece en numerosas ocasiones.

 -La primera espada que se menciona en la Biblia se nos presenta como una espada de fuego:“Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida”.-En los Salmos (45), escritos mil años antes de la Era Cristiana, se cita también a la espada:Eres hermoso; el más hermoso de los hijos de Adán. La gracia se derrama en tus labios. Por eso Dios te bendijo para siempre. Ciñe, pues, tu espada a tu costado ¡OH tú, el más bravo! ¡“Marcha en tu gloria y tu esplendor! ¡Cabalga por la causa de la verdad, de la piedad y de la justicia!”-La última alusión a la espada en las Sagradas Escrituras se recoge en el capítulo final del Apocalipsis:“Entonces vi el cielo abierto y un Caballo Blanco. El que lo monta se llama Fiel y Veraz, porque juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego, sobre su cabeza, muchas diademas. Su nombre es “verbo de Dios”. De su boca sale una espada afilada para herir a los ateos. Los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos”. “Cuando el Caballero coge su Espada con las dos manos, asume (y asegura) así su permanencia en la Estructura del Todo”. La idea del Apocalipsis vuelve a ser recogida de forma muy similar a los textos Brahamánicos, el Dios de la Vida vendrá sobre un Caballo Blanco blandiendo su espada de fuego y sembrando la destrucción en un mundo que es ya un cadáver, un muerto en la materia muerta.4) En los textos artúricos, además de la espada Excalibur,se habla de otras dos espadas.    

 -La “Espada Rota”       

-La “Espada del Extraño Tahalí”.Otra diferencia notable entre las dos figuras que estamos tratando es la relativa a su vigencia en la actualidad: mientras que el término “Dama del Lago” está prácticamente en desuso, la importancia de la figura de la espada ha perdurado. Ejemplo claro de esta continuidad de la espada sería: la cita de Ramón Llull (S. XIV): “Espada se da al Caballero, porque mantenga la justicia y defienda esta santa Orden”. “Ser armado Caballero es un título de honor, no lo olvidéis……….y el Arma es peligrosa para quien la vuelve contra sí mismo”.  

SIMBOLOGÍA DE LA DAMA DEL LAGO Y LA ESPADA DE LUZ. 

 El lago es como nuestro ser interno y, si la Dama del Lago es quien habita y gobierna el lago, por extensión, podrá entenderse como aquello que gobierna al ser interno, al Alma. La Dama del Lago es el aspecto femenino de la Divinidad. Simboliza la sabiduría y es ella quien otorga los dones del conocimiento espiritual, del poder y la fuerza que emergen desde las profundidades del lago, de nuestro ser interno, de nuestra propia alma.La espada es exterior, masculina, es la reflexión y el pensamiento humano; la espada representa la acción. También simboliza muchas cosas; por tener doble filo, doble aspecto, tiene un valor dual: acción-reacción, luz o tiniebla, seguridad o peligro, beneficio o daño, gozo o dolor. La espada corta y divide. Su fin no es herir sino redimir. La podemos considerar bajo distintos aspectos, como instrumento de poder, valor y libertad.Así, mi Dama del Lago, mi ser interno me entrega de una manera incondicional el auténtico conocimiento, siempre y cuando yo sea merecedor de él, por medio de una espada de poder, de una espada de luz que permite emprender la acción, la marcha hacia la sabiduría. Seremos capaces, a través e la espada, de sentir el Amor, lo que nos va a permitir conseguir realmente la obra a la que hemos sido convocados como seres humanos.Esta espada de luz mostrará su efecto destructor sobre las tinieblas; se mostrará como la Verdad ante la cual huyen la ignorancia y el egoísmo y, movida por nuestro brazo, podrá arrancar la autentica sabiduría que cada cual almacena en su interior. Una espada que nos estaba destinada desde siempre y que hemos de portar hasta que la luz vuelva a resplandecer en el firmamento.¿Qué eres tú? ¿Qué soy yo, y qué es el Caballero? ¿Qué es el Héroe de los Cuentos de hadas? “No hay que contar con nadie”, “Ayúdate y el Cielo te ayudará”.

Referencias:

C.I.R.C.E.S. Reflexiones de unos caballeros.Breviario del Caballero –Tomo I. Éditions Point d´Eau

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Orden Caballeresca e Iniciática La Rosa de Oro

Foro Mística

Simbolismo del Gallo

Publicado: noviembre 26, 2006 de administrador en La Tradición

 gallo

Por Alejandro de Seleukis

La figura del gallo según los mitógrafos renacentistas, estaba consagrado a algunas divinidades solares, tales como Apolo, en cuanto anuncia la mañana y la consiguiente salida del sol. Pero en nuestra iconografía cristiana alude a la Pasión de Cristo y sobre todo al apóstol Pedro, que como se le predijo, negó por tres veces conocer a su Señor. El carácter de ave de la luz lo mantuvo el gallo durante todo el primer milenio cristiano.

En las épocas precedentes, los egipcios habían tomado a veces su forma para el diseño de sus lámparas de terracota o de bronce. Los gnósticos, en piedras finas y labradas, presentaban a menudo una figura de IAO, nombre que designa a Dios. Lo representaban con cabeza de gallo, llevando en las manos un azote, como algunas divinidades egipcias, y un escudo que a veces lleva su nombre. La doctrina cristiana vio en el animal la imagen del poder de la luz que ahuyenta las tinieblas: vela en las horas de oscuridad y anuncia la luz de Cristo, que surge en Oriente. Por dicho motivo se puso una efigie suya en las iglesias románicas. La función de veleta, que sostiene el gallo de nuestros campanarios y los mantiene siempre cara al viento, tiene el doble carácter de protector vigilante y defensor valeroso, representando a Cristo, que situado en lo más alto de la Iglesia de la tierra, vela por ella y, la defiende frente a las borrascas de las tormentas, vengan de donde vengan; esa es la protección prometida al apóstol Pedro, en lo campos de Cesarea, contra las amenazas de las fuerzas del mal, contra el poder de las “Puertas del infierno”(1).

A menudo, en el cuerpo de metal del gallo de veleta, se encerraban reliquias de santos y sobre todo, cuando era posible de santos locales, para que sus almas que reposan en Cristo, rueguen por el pueblo o la ciudad. En el siglo V, entre los monjes egipcios, algunos monasterios sólo conocían diariamente dos tiempos regularmente dedicados a la oración en común: el Galicinio por la mañana y el Lucernario al atardecer; la “hora del gallo” y la “hora de la lámpara”. Un texto litúrgico de la Iglesia romana alude de esta manera al canto del gallo o galicinio: “Tú, oh Cristo, sacude nuestro sueño, rompe los lazos que nos aferran a la noche, borra el antiguo pecado e infunde en nosotros la luz nueva”. Esta es la función simbólica del canto del gallo, despertarnos mientras estamos sumidos en la noche de la ignorancia e inducirnos a abrir los ojos hacía la Luz del Tabor. La enseñanza esotérica exige frecuentemente del buscador la simplicidad, fundada sobre el principio admitido de que la Verdad en sí debe ser simple. Esta condición es exacta en la medida en que nosotros seamos simples, es decir justos, en el sentido evangélico. Y para pasar del estado pervertido de nuestro desorden interior a la simplicidad original, de nuestra oscuridad interna a un nuevo amanecer hay un largo camino a recorrer.

En el dominio esotérico no puede ganarse nada puro y verdadero, en consecuencia bello, sin haber aportado un trabajo cuya suma e importancia sean equivalentes al resultado al que el mismo trabajador aspira. Si el buscador parte de una posición negativa de insuficiencia e insatisfacción y se aproxima al dominio esotérico empujado por el deseo de encontrar allí una satisfacción personal, en consecuencia impura, no podrá avanzar muy lejos por ese camino. Si insiste, será un fracaso, porque el error de concepción incurrido al comienzo, lo conducirá indudablemente hacia la “fenomenología psíquica”. Pero no hacia la vía espiritual. El gallo como imagen del poder de la luz que ahuyenta las tinieblas es una forma de advertir al buscador que no puede dedicarse al trabajo esotérico mientras continúa deificando su personalidad.

1. Evangelio San Mateo, XVI, 18.

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Orden Caballeresca e Iniciática La Rosa de Oro

Foro Mística

El esoterismo (Parte I)

Publicado: noviembre 20, 2006 de administrador en La Tradición

Luc Benoist

I.- ESOTERISMO Y EXOTERISMO

En una perspectiva general, se encuentra en algunos filósofos griegos la noción de esoterismo aplicada a una enseñanza oral, trasmitida a algunos discípulos elegidos. Aunque sea difícil en estas condiciones conocer su naturaleza, es posible deducir, a partir de estas mismas condiciones que esta enseñanza superaba el nivel de una filosofía y de una exposición racional para alcanzar una verdad más profunda, destinada a penetrar de sabiduría el ser entero del discípulo, su alma y su espíritu al mismo tiempo. Tal parece haber sido el objeto verdadero de las lecciones de Pitágoras, las que, a través de Platón, han llegado hasta los neopitagóricos de Alejandría.

Esta concepción de dos aspectos de una doctrina, uno exotérico y el otro esotérico, opuestos en apariencia y en realidad complementarios, puede generalizarse, ya que se funda sobre la naturaleza de las cosas. Aun cuando esta distinción no es abiertamente reconocida, existe necesariamente en toda doctrina que goce de alguna profundidad, algo que corresponda a estos dos aspectos, que traducen las bien conocidas antítesis de lo exterior y lo interior, el cuerpo y la médula, lo evidente y lo oculto, el camino ancho y el estrecho, la letra y el espíritu, la cáscara y la sustancia. En la misma Grecia, la doctrina de los filósofos había sido precedida en este camino por los misterios religiosos, cuyo mismo nombre implica el silencio y el secreto. No se ignora que los mistas debían jurar no revelar nada sobre los misterios que los dramas litúrgicos de las célebres noches de Eleusis les habían permitido conocer y mantuvieron su juramento a la perfección.

Habitualmente lo prohibido perteneciente a un conocimiento de cierto orden, presenta grados diversos según su naturaleza. Puede ser simplemente un silencio disciplinario destinado a probar el carácter de los postulantes, como lo practicaban los pitagóricos. O bien, el silencio puede proteger secretos técnicos relacionados con la práctica de un oficio, ciencia o arte y todas las profesiones antiguas se encontraban en este caso. El ejercicio de ellas exigía cualidades precisas y comprendía fórmulas que estaba prohibido divulgar.

Si pasamos ahora más allá del sentido literal, la oscuridad de una doctrina puede subsistir pese a una exposición muy clara y completa. En este caso el carácter esotérico deriva de la desigualdad de los espíritus y de una incomprensión real por parte de los oyentes. Otro tipo de secreto es el que corresponde al simbolismo de toda expresión escrita o hablada, sobre todo cuando se trata de una enseñanza espiritual. Siempre quedará en la expresión de la verdad algo de inefable, pues el lenguaje no es apto para traducir los conceptos sin imágenes del espíritu. Finalmente y sobre todo, el verdadero secreto se justifica como tal por naturaleza; no reside en la capacidad de nadie el divulgarlo. Se mantiene inexpresable e inaccesible para los profanos y no se lo puede alcanzar de otro modo que con la ayuda de los símbolos. Lo que trasmite el maestro al discípulo no es el secreto mismo, sino el símbolo y la influencia espiritual que hacen posible su comprensión.

Así la noción de esoterismo implica en definitiva, tres etapas o tres envolturas de dificultades crecientes. El misterio es en primer lugar lo que se recibe en silencio, después, aquello de lo que está prohibido hablar, finalmente, aquello de lo que es difícil hablar. El primer impedimento está constituido por la forma misma de toda expresión. Es un esoterismo “objetivo”. El segundo depende de la naturaleza imperfecta de la persona a quien se dirige. Se trata de un esoterismo “subjetivo”. Por último, el postrer velo que oculta la verdad al expresarla afinca en su carácter natural de inescrutable. Es éste el esoterismo “esencial” o metafísico el que esperamos tratar más particularmente, pues gracias a él se unifican interiormente todas las doctrinas tradicionales.

Es necesario agregar que si existe una correlación lógica entre exoterismo y esoterismo, no hay una equivalencia exacta entre ellos, pues el lado interior domina al exterior al que integra al superarlo, incluso cuando el aspecto externo ha tomado como en Occidente la forma religiosa. El esoterismo, por consiguiente no es sólo el aspecto íntimo de una religión, ya que el exoterismo no posee siempre y obligatoriamente una forma religiosa y la religión no tiene el monopolio de lo sagrado. El esoterismo no es tampoco una religión especial para uso de los privilegiados, como a veces se supone, pues él no es autosuficiente, tratándose sólo de un punto de vista mas profundo sobre las cosas sagradas. Permite comprender la verdad interior que expresa toda forma, religiosa o no. En la religión domina el carácter de lo social, aunque éste no sea exclusivo. Ella es para todos, mientras que el esoterismo no es accesible, sino a algunos. Y esto no por gusto, sino por naturaleza. Lo que es secreto en el esoterismo llega a ser misterio en la religión. La religión es una exteriorización de la doctrina limitada a lo que es necesario para la salvación común de los hombres, siendo esta salvación una liberación detenida en el plano del ser. En efecto, la religión considera exclusivamente al ser en su estado individual y humano y le asegura las mejores condiciones psíquicas y espirituales compatibles con este estado, sin intentar hacerlos salir de aquí.

En verdad que el hombre, en tanto que hombre, no puede superarse a sí mismo. Pero si puede alcanzar un conocimiento y una liberación por identificación, es porque posee ya en sí un estado universal correspondiente. El esoterismo, que como vamos a ver, toma para revelársenos el canal metódico de la iniciación, tiene por objeto liberar al hombre de los límites de su estado humano, hacer efectiva la capacidad que ha recibido de alcanzar los estados superiores en forma activa y duradera gracias a ritos rigurosos y precisos.

II.- LOS TRES MUNDOS

Como toda ciencia, el esoterismo posee un vocabulario particular. Pero otorga una significación precisa a los términos que toma de otras disciplinas. Estos medios de expresión datan de la época en que han sido fijados. Debemos, por lo tanto, preguntarnos, a qué concepción del mundo correspondían en el espíritu de sus contemporáneos y en la ciencia de aquellos tiempos antiguos.

Allende la naturaleza visible y sensible, los pensadores de la antigüedad clásica reconocían la existencia de una realidad superior habitada por energías invisibles. Partiendo del hombre al que colocaban naturalmente en el centro del cosmos, habían dividido al universo en un terno de manifestaciones, que comprendía un mundo material, un mundo psíquico y un mundo espiritual, en una jerarquía que ha quedado por largo tiempo como base de la enseñanza medieval. El lugar central y mediador dado al hombre en el cosmos se explica por la identidad de los elementos que componen por igual a ambos. Los pitagóricos enseñaban que el hombre es un pequeño mundo, un microcosmos, doctrina adoptada por Platón y que ha llegado hasta los pensadores de la Edad Media. Esta analogía armoniosa que une al mundo y al hombre, al macrocosmos y al macrocosmos, ha permitido a estos pensadores distinguir en el hombre tres modos de existir. AI mundo material corresponde su cuerpo, al mundo psíquico, su alma y al mundo espiritual, su espíritu. Esta tripartición ha dado lugar a tres disciplinas: la ciencia de la naturaleza o física, la ciencia del alma o psicología y la ciencia del espíritu o metafísica, así llamada porque su dominio se extiende más allá de la física, es decir, de la naturaleza. Advertimos de inmediato que el espíritu no es una facultad individual, sino universal, que está unida a los estados superiores del ser.
Esta división trial en espíritu, alma y cuerpo, hoy inusitada, era común a todas las doctrinas tradicionales, aunque los límites respectivos de sus dominios no siempre coincidiesen exactamente. Se encuentra igualmente en la Tradición hindú y en la china. La Tradición judía formula explícitamente esta Tradición en los comienzos del Génesis, en donde el alma viviente es representada como resultado de la unión del cuerpo con el soplo del espíritu. Platón la adopta y posteriormente los filósofos latinos tradujeron las tres palabras griegas noûs, psyqué y soma por tres términos equivalentes spiritus, anima, corpus.
La Tradición cristiana heredó esta tripartición inscrita por Juan al comienzo de su Evangelio, fuente del esoterismo cristiano. En efecto, la tríada Verbum, Lux y Vita, que enumera, debe ser relacionada, palabra por palabra, a los tres mundos, espiritual, psíquico y corporal, caracterizando la luz el estado psíquico o sutil, que es el de todas las teofanías.

San Ireneo distingue claramente la misma división en su tratado de la Resurrección: “Hay tres principios del hombre perfecto, el cuerpo, el alma y el espíritu. Uno que salva y forma, el espíritu. Otro que es unido y formado, el cuerpo. Finalmente un intermediario entre ambos que es el alma. Ésta, en oportunidades sigue al espíritu y es elevada por él. Otras veces condesciende con el cuerpo y se hunde en los deseos terrestres”. Sin embargo, para escapar al peligro de otorgar al alma un elemento sutilmente corporal, como había hecho Platón, los sabios cristianos han terminado por relacionar de tal manera al alma y al espíritu que los han llegado a confundir. Lo que debía concluir en el famoso dualismo cartesiano de alma y cuerpo, al mismo tiempo que a la confusión de lo psíquico y de lo espiritual, entre los que nuestro tiempo no admite ninguna diferencia en la medida en que aún acepta la idea. Sin embargo, si el alma es la mediadora entre las partes inferior y superior del ser, es necesario que exista entre ellas una comunidad de naturaleza. Esta es la razón por la que San Agustín, e incluso San Buenaventura, pensaban en el alma como un cuerpo sutil siguiendo una doctrina tradicional que Santo Tomás ha descartado por temor a materializar el alma.

III. – INTUICIÓN, RAZÓN, INTELECTO

A esta jerarquía de tres estados, corresponden en el hombre tres facultades destinadas a tomar conciencia de él de una manera específica: la intuición sensible para el cuerpo, la imaginación para el alma (o, mejor, razón e imaginación para el complejo psíquico-mental) y el intelecto puro o intuición trascendente para el espíritu. La intuición sensible y la imaginación no presentan problemas, en tanto que el paralelo entre razón e intelecto merece alguna explicación.

El punto de vista esotérico no puede ser admitido y comprendido, sino por el órgano del espíritu que es la intuición intelectual o intelecto, correspondiente a la evidencia interior de las causas que preceden a toda experiencia. Es el medio de aproximación específico de la metafísica y del conocimiento de los principios de orden universal. Aquí se inicia un dominio en donde oposiciones, conflictos, complementariedades y simetrías han quedado atrás, porque el intelecto se mueve en el orden de una unidad y de una continuidad isomorfas con la totalidad de lo real. Por esto podía decir Aristóteles que el intelecto es más cierto que la ciencia y Santo Tomás que es el hábito de los principios o el modo de las causas. Con más rigor aún los espirituales árabes han podido afirmar que la doctrina de la Unidad es única. El punto de vista metafísico, escapando por definición a la relatividad de la razón, implica en su orden una certeza. Pero frente a esto ella no es expresable, ni imaginable y presenta conceptos sólo accesibles por los símbolos. Este último medio de expresión no niega a ninguna realidad de otro orden, sino que se subordina a todas por la potencia de sus misterios. Las ideas platónicas, los invariantes matemáticos, los símbolos de las artes antiguas, constituyen ejemplos de planos diferentes de la realidad.

La ciencia moderna, por el contrario, tiene por instrumento dialéctico la razón y por dominio lo general. La razón no es sino un instrumento vinculado al lenguaje para todos los fines, que permite respetar las reglas de la lógica y de la gramática sin implicar ni garantizar ninguna especie de certeza en cuanto a la realidad de sus conclusiones y mucho menos de sus premisas. Efectivamente, la razón no es sino un medio puramente discursivo y deductivo, un habitus conclusionis, diría un escolástico, que no llega hasta las causas. Es una red de mallas más o menos apretadas, lanzada sobre el mundo de los fenómenos que se apodera de aquellos objetos que son bastante densos, pero que deja escurrir e ignora a los que son más sutiles. Para la ciencia y la razón un hecho no observable o medible carece de existencia. Mucho menos tendrá en consideración todo lo que no sea un hecho. Se comprende cómo la realidad no puede ser reflejada por la traducción superficial que resulte de ella, ni limitada por una técnica obligadamente provisoria. La repuesta que la razón nos da –en realidad la razón sólo da respuestas- depende estrechamente de la pregunta que se le haga. Está condicionada por ella en su unidad, su medida y su rango. Toda respuesta está, en cierto sentido contenida en la pregunta por los postulados que ella supone. El eco parece así el modelo de toda respuesta “inteligente”, como la tautología el modelo de todo razonamiento riguroso.

Por el contrario la palabra no adquiere su sentido profundo sino en su causa, como eco de un pensamiento que utiliza palabras antiguas –que son símbolos– para evocar una realidad siempre actual, pero transfigurada en esotérica por el materialismo progresivo de la inteligencia. La garantía de la verdad no puede facilitárnosla la razón ni la experiencia, porque esta experiencia, exclusivamente histórica, humana, es además corta, demasiado reciente, demasiado joven y demasiado limitada, en un universo que ha conocido estados muy diferentes y que no puede tener con ella ninguna medida común. Ella no tiene en cuenta la índole específica de los tiempos que sólo puede revelar un testimonio directo, llegado de las más lejanas épocas, es decir, de la Tradición.

IV. – LA TRADICIÓN

Conviene comprender lo que significa este concepto de Tradición generalmente negado, desnaturalizado o desconocido. No se trata del color local, de las costumbres populares, ni de los usos curiosos conservados por los folkloristas, sino del origen mismo de las cosas. La Tradición es la transmisión de un conjunto de medios consagrados que facilitan la toma de conciencia de los principios inmanentes al orden universal, ya que el hombre no se ha dado a sí mismo la razón de ser de su existir. La idea más cercana, la más dotada para evocar lo que la palabra significa, sería la de una filiación espiritual de maestro a discípulo, la de una influencia conformadora análoga a la vocación, a la inspiración, tan consustancial al espíritu como la herencia al cuerpo. Se trata de un conocimiento interior, coexistente a la vida, de una coexistencia, y al mismo tiempo de una conciencia superior reconocida como tal, de una conciencia, en ese punto inseparable de la persona que nace con ella y constituye su razón de ser. Desde este punto de vista, el ser es completamente lo que trasmite, él no existe sino porque transmite y en la medida en que trasmite. Independencia e individualidad aparecen como realidades relativas que testimonian un alejamiento progresivo y una caída continua a partir de un estado extensivo de sabiduría original, perfectamente compatible con una economía arcaica.

Este estado original puede ser representado por el concepto de centro primordial del que el paraíso terrestre de la Tradición hebrea constituye uno de los símbolos, comprendiéndose que este estado, Tradición y centro constituyen tres expresiones de la misma realidad. Gracias a esta Tradición anterior a la historia, el conocimiento de los principios ha sido, desde el origen, un bien común a la humanidad que posteriormente se ha extendido en las formas más altas y perfectas de las teologías del período histórico. Pero una caída natural, generadora de especialización y oscuridad, ha abierto un hiato creciente entre el mensaje, los que lo transmiten y aquellos que lo reciben. La explicación se hace cada vez más necesaria, pues la polaridad ha aparecido entre el aspecto exterior, ritual y literal, y el sentido original, vuelto interno, es decir, oscuro e incomprensible. En Occidente este aspecto exterior ha tomado, en general, la forma religiosa. Destinada a la muchedumbre de los fieles, la doctrina se ha escindido en tres elementos, un dogma para la inteligencia, una moral para el alma y unos ritos para el cuerpo. Durante este tiempo, por el contrario, el sentido profundo transformado en esotérico, se ha reabsorbido cada vez más en formas tan oscuras que ha sido necesario recurrir a ejemplos paralelos de la espiritualidad oriental para reconocer su coherencia y validez.

El oscurecimiento progresivo de la idea de Tradición nos ha impedido desde hace tiempo comprender la verdadera fisonomía de las civilizaciones antiguas, y al mismo tiempo, nos ha impedido el retorno a una concepción sintética, que era la de ellas. Sólo la perspectiva de los principios permite comprenderlo todo sin suprimir nada, hacer la economía de un nuevo vocabulario, ayudar a la memoria y facilitar la invención, establecer relaciones entre las disciplinas en apariencia más alejadas, al reservar al que se coloca en este centro privilegiado la inagotable riqueza de sus posibilidades, y esto gracias a los símbolos.

V. – EL SIMBOLISMO

Al echar un puente entre el cuerpo y el espíritu, los símbolos permiten hacer sensible todo concepto inteligible. Se presentan como mediadores del dominio psíquico y poseen por lo tanto un carácter dual, que los hace capaces de admitir un doble sentido y a interpretaciones múltiples y coherentes, igualmente verdaderas desde diferentes puntos de vista. Implican un conjunto de ideas de un modo total y no analítico. Cada cual los puede interpretar en diferentes niveles, de acuerdo con su grado de capacidad. Es más un medio de exposición que de expresión. El símbolo es un género del que sus diferentes variedades, palabras, signos, números, gestos, grafías, acciones o ritos, son especies. En tanto que la lógica racional de la gramática está relacionada al sentido físico y literal, los símbolos gráficos o “agis” son sintéticos e intuitivos. Ofrecen motivos de evocación indefinida hasta permitir traducciones de valores opuestos y complementarios. Además, si se lleva al extremo la investigación de los orígenes, el mismo sentido literal proviene de un primer símbolo cuya imagen ha sido borrada por la inconsciencia de la costumbre desde largo tiempo atrás.

La ciencia de los símbolos está basada en la correspondencia que existe entre los diversos órdenes de la realidad, natural y sobrenatural, no considerándose a la natural, sino como la exteriorización de ésta. El principio fundamental del simbolismo afirma que una realidad de un cierto orden puede ser representada por una realidad de un orden menos elevado, en tanto que la inversa es imposible, ya que el símbolo deber ser más accesible que lo por él representado. Esta regla deriva de la armonía necesaria al mantenimiento del mundo tomado en un momento dado, a un equilibrio cósmico en que cada parte es homóloga al todo. De esta manera la parte simboliza a la totalidad, lo inferior es testigo de lo superior y lo conocido toma las veces de lo desconocido.

El verdadero simbolismo no es arbitrario. Brota de la naturaleza, que puede tomarse como símbolo de las realidades superiores, como lo pensaban los hombres de la Edad Media. El mundo les semejaba un lenguaje divino o mejor, como decía Berkeley, “El lenguaje que el Espíritu Infinito habla a los espíritus finitos”. Los diferentes reinos de la naturaleza colaboran en este alfabeto expresivo. Las ciencias tradicionales como la gramática, las matemáticas, las artes y los oficios eran empleados como bases y medios de expresión del conocimiento metafísico, además de su valor propio, pero gracias a ese valor. Toda acción podía llegar a ser el pretexto de un símbolo adecuado. Incluso los acontecimientos de la historia testimonian a favor de las leyes que rigen la manifestación universal. Esta analogía está fundamentada sobre la que relaciona el microcosmos y el macrocosmos, sobre la identidad de sus elementos y de sus energías.

Agregamos finalmente, para la correcta aplicación del simbolismo; que todo símbolo debe ser interpretado en sentido inverso, en cuanto a su perspectiva formal y no en cuanto a su significación intrínseca, como la imagen de un objeto en un espejo o en una superficie de agua está invertida con relación al objeto que refleja, sin que el objeto haya recibido ningún cambio. Lo primero o lo mayor en el orden de los principios, llega a ser lo menor o lo último en el orden de la manifestación, lo que es interior llega a ser exterior y viceversa. En una palabra, el simbolismo es la llave que abre los secretos, el hilo de Ariadna que relaciona los diferentes órdenes de la realidad. Por él razonamos, soñamos y somos, ya que lo recibido en todos los planos es también un caso de simbolismo, igual que la analogía de las leyes físicas y psíquicas. Toda manifestación es un símbolo de su autor o de su causa. De esta manera el simbolismo no es sólo, como se supone, la fantasía poética de una escuela literaria o una cualidad sobreagregada a las cosas. Forma una sola cosa con la realidad misma a la que se esfuerza en manifestar gracias a su elemento más esencial y oculto, su forma, su ritmo, su ademán. El simbolismo es un caso particular de la ciencia del ritmo entendida ésta en su más amplia generalidad, actividad creadora que se coloca en el origen de las demás manifestaciones visibles, audibles y experimentables, y que intenta reproducir todo rito tradicional.

(Continuará)