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Montsegur, algo mas que un castillo

Publicado: noviembre 17, 2010 de administrador en Cristianismo Esotérico

 

¿ALGO MAS QUE UN CASTILLO?


Ríos de tinta se han vertido sobre esta fortaleza y su pretendido esoterismo. El castillo de Montségur, uno de los últimos bastiones de resistencia occitana, se ha convertido desde hace medio siglo en símbolo de la resistencia, de la pasión y de la muerte de los cátaros. Hoy constituye “una de la hipótesis más queridas del pensamiento esotérico europeo”.

En el solsticio de primavera, se puede asistir al nacimiento del Sol. Sus primeros rayos penetran por una saetera y salen por la del lado opuesto atravesando el castillo. ¿Es simple casualidad o medió la arcana intención del constructor que la trazó desviada de su posición lógica que sería la estrictamente simétrica respecto al eje de la construcción? ¿Es el castillo un formulario secreto, inscrito en piedra, que transmite los misterios de sus constructores?.

Peregrinos de un nuevo ideal, son muchos los que emprenden el penoso ascenso del antiguo sendero, hoy desempedrado y tortuoso, que sube al castillo. Cada año son más los turistas atraídos por la fascinación del lugar, por la trágica historia de los cátaros y por las teorías que se divulgan acerca de su significado como grimorio de una arquitectura iniciática. Según el estudioso F.Niel, Montségur fue reconstruido por los cátaros como templo solar o calendario y a ello se debe que las coordenadas de sus muros y saeteras se ordenen de forma peculiar, para que el edificio actúe como una especie de condensador de energías  telúricas que confluyen en aquella montaña, que ya era sagrada antes del cristianismo.

Cuentan las antiguas leyendas que Montségur  fue construido por gigantes y que, desde épocas remotísimas, fue punto de adoración al sol. Este curioso y científico hecho queda demostrado al exponer las características físicas de la fortaleza.

Se trata de un conjunto en forma de pentágono irregular de 700 metros cuadrados. La puerta principal de acceso tiene 1.95 metros de ancho por 3.25 de alto (lo que no parece, a primera vista, muy adecuado para esta clase de construcciones). La longitud de la fachada principal (la del sudeste) es la del doble de la del torreón. Trazando una imaginaria diagonal desde éste, se va a parar al ángulo formado por la intersección de las fachadas este y norte. La fachada opuesta al frontispicio, está constituida por muros que forman un ángulo de 176 grados.

Al proyectar el eje meridional del conjunto, se advierte -no sin sorpresa- que dicho eje lo daba, con extraordinaria precisión, una de las dos diagonales de la puerta principal un ángulo, con el insignificante error de 8 segundos, igual a la latitud de Montségur.

“A Monsieur Niel lo primero que le chocó fue la contradicción siguiente: si bien la construcción parece completamente arbitraria (ninguno de los muros está orientado hacia los puntos cardinales y tampoco la longitud de ninguno  de ellos consta de un número entero de pies, codos o toetasas, medidas de la época), la misma resulta, sin embargo -afirma Séde-, de un plano geométrico preciso y de una talla excepcionalmente exacta de las piedras. Y escribe: “No debieron de disponer allí arriba aquellos bloques de piedra con una precisión rayana en la perfección para edificar una construcción desprovista de sentido”. (Recomendamos una atenta observación del plano).

Los puntos mas notables de la edificación constituyen puntos de referencia que permiten la precisa observación de los ortos, no solo en los cuatro puntos del año (lo que permitió, sin duda, a sus últimos defensores celebrar la Bema), sino también el momento de la entrada del sol en cada sector zodiacal, lo que implica muy notables conocimientos astronómicos, y nos lleva a antiguos edificios poligonales, utilizados como observatorios, tanto en Europa como en Asia.”Así, en el solsticio de verano (21 de Junio), he observado -Comenta Jesús Ávila-sentado en la repisa de una de las asilleras de la fachada sudoeste del torreón, salir el sol por el hueco de la aspillera que tenemos enfrente, con desplazamiento de 10º a la derecha que corresponde exactamente al debido a la precisión de los equinoccios, en 720 años”.

Dotado -según las directrices de los Perfectos, recomendemos la filiación del restaurador-, de una arquitectura esotérico, Montségur presenta la forma de un pentágono (figura geométrica del albismo, por excelencia), que, “en varias ocasiones, hemos podido observar -indica Avila Granados- en objetos hallados en las excavaciones de los alrededores y suelo de Montségur. Por lo que la configuración del Castillo responde mas a unas normas zodiacales que a un sistema de defensa”…Es decir, se trataría de un edificio religioso bajo la apariencia de una obra militar, que también lo era.

El edificio -afirma Fernand Niel- debía de poder pasar por una fortaleza; las disposiciones del plano de construcción tenían que dar de manera  “disimulada”, por medio de alineaciones apropiadas, las principales direcciones del sol naciente”.

Aparentemente, Montségur no parece diferente a otras fortalezas de la misma época y lugar . “Demasiado exiguo (en el asedio final se calcula que albergó a unas 1000 personas, con sus correspondientes víveres, armas, animales vivos, mobiliario, efectos personales, cacharros, cocinas, letrinas, leñeras, despensas, etc., que no se debían hallar muy a gusto en sólo 700 m2), escasamente acondicionado, muy poco confortable -comenta Nelli-, el castillo se parece en este aspecto a todos los torreones pirenaicos de la misma época. No obstante, presenta un carácter mas imponente, debido a su gran fachada desnuda, a sus bellos cimientos regulares, a su puerta monumental, un poco insólita, excesivamente grande para un castillo “salvaje” y tan mal defendido”.

No hace falta ser  un gran observador, ni haber visitado la fortaleza. Planos y fotografías hablan por si solos. El torreón, casi nada tiene de particular, no my diferente -en realidad- de otros. No hay ninguna torrecilla redonda, aunque sí algunas saeteras. El resto del conjunto carecía de ellas, lo que no contribuye gran cosa a facilitar su defensa, cuya principal baza consistía en la altitud y su situación difícilmente accesible…Por lo demás, su planta y distribución no le hace muy diferente de otros, como el de Puivert, Quéribus, Perypertuse o Puilaurents, de una u otra forma relacionados con el albismo.

Ahora bien, Montségur constituía el principal bastión de la herejía, y no parecen advertirse restos de estancias destinadas a los Perfectos y a sus ceremonias. Cabe, por tanto, preguntarse con René Nelli si “es posible que las estancias destinadas al uso religioso estuvieran situadas en el exterior, en el reborde de la montaña, entre la muralla y el abismo, o quizás mas lejos aún, en el emplazamiento del pueblo actual. Pero si existieron, fueron destruidas por la Inquisición, que hacía demoler hasta los cimientos todo edificio que hubiese albergado a los herejes”. Naturalmente, todo esto debe ser acogido con ciertas reservas,ya que, en realidad, la liturgia cátara podía celebrarse en cualquier lugar, sin perjuicio de la huellas dejadas por sucesivas destrucciones y reconstrucciones, y las inevitables huellas temporales.

Pero la tesis de Monsieur Niel se ha visto recientemente reforzada con los trabajos de un arqueólogo, Henri Coltel. Éste último ha descubierto o explorado unos cuarenta subterráneos de los siglos XI y XII dispersos por el sudeste de Francia y ha tenido la  sorpresa de comprobar: primero, que todos estos subterráneos contenían una sala-capilla provista de una especie de Altar, y segundo, que todos los de la misma región están orientados de tal modo que convergen hacia un mismo punto. Trasun estudio profundo de éstas singulares construcciones, Monsieur Coltel se ha convencido de que no eran única ni siquiera esencialmente refugios, sino también, y sobre todo, lugares culturales en lo que los cátaros, desde antes de la persecución, celebraban ceremonias iniciáticas…

El tesoro cátaro, Gerard de Séde.

En algunas cavernas utilizadas como refugio, tras la caída del último reducto de Queribus, se ha observado una disposición bastante similar a la de estos subterráneos, aunque pueda ser atribuida a la natural configuración de las spoulgas.

Decíamos que el pentágono es la figura geométrica más preciada del catarismo -tal vez por su carácter mágico-, lo que puede advertirse no solo en construcciones como Montségur, o en determinados subterráneos, sino en cavernas, como la de Ornolac (Corbiéres), en una de cuyas salas naturales, aparece, excavado en la roca, un gran nicho pentagonal. Si alguien se coloca en el con los brazos y piernas abiertos, queda inscrito exactamente en los lados poligonales…

Sin embargo y por algún motivo no bien establecido, y que -como señala Nelli-no es atribuible ni al azar, ni al capricho del arquitecto, el plano del castillo no sería un pentágono más o menos irregular, sino mas bien exagonal, aun cuando tal detalle (lado del Noreste) casi no pueda advertirse a simple vista, especialmente desde el interior, por la gran abertura del ángulo. Tal vez el hecho obedezca a las especiales características del impresionante conjunto.

Artículo extractado del Libro “LA TRAGEDIA DE LOS CATAROS”.

Autor “Martin Walker”.

Historia de La Pasión

Publicado: marzo 23, 2010 de administrador en Cristianismo Esotérico

La historia de la Pasión ocupa el núcleo redaccional en los cuatro evangelios. Los evangelistas relatan lo que sucedió y añaden una explicación de lo sucedido. Mateo esmalta su relato con multiplicidad de citas de la Escritura para demostrar que todo lo que está sucediendo sucede en cumplimiento de las profecías veterotestamentarias sobre el «Siervo de Dios». Lucas ve en Jesús al «justo perseguido», clavado en la cruz por unos hombres impuros. Y Juan amplía el contenido de la Pasión hasta el máximo de su alcance teológico viendo en Jesús al Señor glorificado en el trono de la cruz.

Una interpretación de la Pasión según los principios de la psicología profunda descubre enseguida en el acontecimiento un símbolo de nuestro caminar. A través de símbolos arquetípicos se va describiendo nuestra vida con sus angustias, amenazas y necesidades pero también con su transformación y glorificación. La piedad popular lo ha intuido muy claramente y lo ha expresado en el Vía crucis, dividido en las catorce clásicas estaciones. Los artistas, por su parte, han interpretado la Pasión de manera que todos los hombres puedan reconocerse en ella. También los músicos han intentado siempre reproducir la historia de la Pasión sirviéndose de elementos musicales. Piénsese, por ejemplo, en la Pasión según san Mateo y según san Juan de J. S. Bach. Hay allí un gran conato artístico para convertir la Pasión de Jesús en un espejo de nuestra vida. Cuando la psicología profunda hace desde sus puntos de vista la interpretación de la Pasión de Jesús, lo que en realidad hace es dejarse inspirar por lo que la piedad popular cristiana y la historia han venido haciendo desde             siempre: mirarse en la Pasión como en un espejo y ver en ella un símbolo de nuestra vida.

Al meditar la Pasión según san Juan descubrimos inmediatamente perfectos símbolos arquetípicos. El primero es el símbolo del prendimiento. «Llega Judas con una patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y fariseos para prender a Jesús durante la noche». Tres son principalmente las fuerzas que nos retienen cautivos. Las desafortunadas relaciones con Jesús, como las de Judas. Fluctuamos entre la fascinación y el rechazo, entre el amor y el odio, entre la fidelidad hasta la muerte y la traición vergonzosa. No logramos liberarnos de esas relaciones con Jesús como tampoco lo hizo Judas. Están allí también los soldados, fuerzas hostiles en nuestro interior. A veces nos declaramos la guerra, nos irritamos contra nosotros mismos porque nunca logramos estar completamente satisfechos, practicamos la violencia hacia dentro, nos laceramos y enfocamos contra nosotros las energías mentales como un peligroso fuego. Y están, finalmente, los servidores del sanedrín, las voces interiores que nos juzgan, nos condenan y meten en la cárcel.

Jesús sale al encuentro de estos tres grupos y lo hace de manera señorial. Ante su palabra se debilitan y caen a tierra sin fuerza. Su caída es una confesión implícita del poder de Jesús. Es precisamente Jesús el que lleva la iniciativa, incluso en el momento mismo de ser detenido por los soldados. Si llevamos a Jesús dentro, si llevados de su mano llegamos hasta lo que nos es más auténtico, ya no habrá nadie con poder sobre nosotros, ningún hombre podrá ponernos violentamente en peligro. Ni siquiera los soldados interiores, a sueldo del sanedrín, podrán dañarnos en nada. Todo poder adverso rebota contra Cristo instalado en el centro de nuestro castillo interior. La vida puede hacernos muchas malas jugadas hacia fuera, pero hacia dentro no puede hacer nada contra nuestra dignidad de hijos de Dios porque Cristo está allí.

Los soldados y funcionarios del sanedrín llevaron a Jesús al sumo sacerdote Anas. Éste le hizo algunas preguntas acerca de su enseñanza. Y también aquí responde Jesús con señorío. No se deja intimidar. Por esa dignidad en el hablar le da un empleado una bofetada. Podemos preguntarnos quiénes son en nosotros esos sacerdotes que quieren examinarnos, juzgarnos y condenarnos. Quizá son las voces interiores del Súper-yo, que nos llenan de sentimientos de culpabilidad, que nos vetan cosas, nos amenazan y nos gritan: « ¡Eso no se hace, eso no se dice, eso ni se piensa!». Podría tratarse de sumos sacerdotes dentro o cerca de nosotros, que nos ridiculizan, nos desprestigian, nos devalúan y desprecian. Si nos defendemos, como Jesús, contra semejantes juicios de valoración e intentamos ponernos en el lugar que nos corresponde, entonces nos abofetea el funcionario interior echándonos en cara «que así no se debe hablar». Ese funcionario es la mezquina voz interior que nos humilla constantemente sin tolerarnos nada, que nos susurra consignas como ésta: que no debemos tenernos por tan importantes, que no somos nada y, por lo tanto, lo mejor que podemos hacer es callar. Pero Jesús no se achanta, no se encoge ante el funcionario ni ante su jefe el sumo sacerdote. Su reacción exterior es reflejo de su paz y fortaleza interior: «Si he hablado mal, di en qué, y si he hablado bien ¿por qué me pegas?». Jesús no tolera ser tratado como una cosa. Se apoya en sí, está seguro de sí y reacciona desde esa seguridad.

Si dejamos a Jesús espacios abiertos en nuestro interior nos encontraremos allí con nuestro Yo auténtico, desde donde podremos reaccionar con la misma serenidad y firmeza ante toda clase de provocaciones de dentro y de fuera.

Dentro del interrogatorio del sumo sacerdote intercala Juan la traición de Pedro. Tres veces niega Pedro haber conocido a Jesús. Primero ante la portera, después ante los criados que rodean al sumo sacerdote, finalmente ante el funcionario, «un pariente de aquel a quien había cortado la oreja». Según la psicología profunda, no se trata sólo de una cuestión moral, de si nuestra confesión de Cristo ante los hombres es tímida y llena de respetos humanos, sino principalmente de si tenemos valor de confesar al Cristo que llevamos dentro. No estamos en contacto con nosotros mismos, nos distanciamos del Yo auténtico, del Cristo interior. Hay también en nuestro interior tres elementos que nos desconectan y separan del Yo auténtico interior: el ánima que intentamos proyectar hacia los demás en lugar de identificarla con la portera y dejarnos conducir por ella a las profundidades del interior; la plebe de criados y servidores anónimos que nos separa de nuestro Yo auténtico; y el complejo de culpabilidad que nos pone ante los ojos nuestras obras imperfectas para producirnos angustia y apartarnos de nuestra verdad.

La historia que sigue es una obra maestra creada por el talento artístico de san Juan. Es el encuentro de Jesús con Pilatos y con los judíos que rodean a Pilatos ejerciendo con su presencia presión sobre él. Jesús es llevado al tribunal del gobernador romano. Los judíos se quedan fuera. Son las voces interiores que nos gritan y con sus gritos cargan nuestra conciencia de sentimientos de culpabilidad. Pueden jugar un papel importante, pero nunca aparecen en primer plano, nunca dan la cara, no se enfrentan con la realidad. Es exactamente la forma como ejercen presión sobre nosotros sin dejarnos posibilidad de defendernos. Jesús no pierde compostura ni dignidad ante Pilatos, no se deja arrinconar, no permite que le digan cómo tiene que comportarse ni qué debe hacer. La razón de esta libertad y superioridad reside en esta afirmación: «Sí, yo soy rey, pero mi reino no es de este mundo». Esta afirmación sería también nuestra liberación y salvación. Si pudiéramos caracterizar con la marca de la realeza cristiana toda nuestra pasión, nuestras debilidades y flaquezas, desprecios y marginaciones, soledades y heridas, pero demostrando que nuestra realeza no es de este mundo, nada ni nadie podría ejercer presión sobre nosotros. Entonces tendríamos la firme convicción de que, en cualquier clase de sufrimiento o tribulación exterior queda sin embargo un espacio interior al que nadie tiene acceso, de que poseemos una dignidad intocable que nadie puede arrebatarnos contra nuestra voluntad.

La verdadera liberación no es la supresión del dolor sino el saber mantener el comportamiento real en medio del dolor, como lo afirma Juan en su relato de la Pasión. Jóvenes con los que he representado plásticamente esta escena lo comprendieron así inmediatamente. Vieron con toda claridad la libertad que nos ofrece Cristo cuando en medio de nuestras situaciones conflictivas logramos permanecer firmes en la verdad expresada en esta palabra: mi reino no es de este mundo.

Indudablemente, Pilatos está profundamente impresionado por la conducta de Jesús y desearía ponerle en libertad. Pero ante el griterío de la chusma ordena que le flagelen. Hace aparecer al maltratado y coronado de espinas ante el pueblo y les dice: «Ecce homo, ved qué hombre». Al decir estas palabras está presentando a las miradas de todos al que es el verdadero hombre, al que sin belleza ni forma humana conserva sin embargo la dignidad real. Los sumos sacerdotes y los judíos rechazan al verdadero hombre y presionan cada vez más sobre Pilatos para que le haga crucificar: «Nosotros tenemos una ley y según esa ley este hombre debe morir» (Jn 19,7).

Todo lo dicho se puede trasladar al escenario de nuestro mundo interior. Muchas veces hemos promulgado leyes interiores según las cuales debemos morir nosotros y nuestro Cristo interior. Son las leyes del Súper yo, falsos supuestos fundamentales que nos impiden vivir. Por ejemplo: «Yo no puedo permitirme ningún fallo porque quedaría totalmente desprestigiado. Yo no puedo mostrarme débil porque me rechazarían». El juez interior sería en esos casos Pilatos. Cristo es el Yo auténtico en nosotros. Pero existe al mismo tiempo otra instancia que es de hecho la que juzga y sentencia. Hay tensiones entre el Yo auténtico y el juez interior. Los judíos presionan a Pilatos para que mande crucificar a Cristo. Las voces interiores, los sentimientos de culpabilidad, los sumos sacerdotes interiores inducen al juez interior a que crucifique y acabe con el Cristo interior, con nuestro Yo auténtico. Pero Cristo no se deja crucificar. Conserva su protagonismo incluso a lo largo de su Pasión. Es presentado en público por Pilatos: « ¡Ahí tenéis a vuestro rey!». Los judíos crucifican a Jesús pero lo que en realidad sucede es que Jesús sube a la cruz como a un trono desde donde quiere reinar sobre el mundo entero. Como nuestro reino no es de este mundo, como llevamos dentro una intangible dignidad divina, el Jesús interior terminará siempre por vencer. No existe poder en el mundo capaz de destruirnos ni arrebatarnos esa dignidad.

Ahora va Jesús camino del Gólgota cargado con su cruz. Allí será crucificado entre dos ladrones. Jesús queda en el centro, equidistante de dos polos que tirarían de nosotros hasta dividirnos y desgarrarnos si él no estuviera allí. Pero Jesús está allí. Ante las miradas públicas figura como el rey de los judíos. Pueden éstos gritar contra él todo lo que quieran, las voces de nuestro interior pueden enfurecerse contra él, pero terminarán enmudeciendo y sirviéndole porque Cristo permanece siendo su rey para siempre. Es lo que Juan escenifica en dos tiempos. Los soldados echan a suertes la túnica de Jesús hecha de una pieza y sin costura. Jesús en la cruz es imagen del cosmos. No puede ser fraccionado ni destruido. Es y permanecerá siempre completo, divino, infinito.

En la segunda escena es Cristo mismo el actor. Lleva su madre a Juan y le dice: «Mira, ahí tienes a tu madre». Es un nuevo símbolo de totalidad. Jesús en la cruz une al hombre con la mujer, al ánima con el animus, los dos polos que más pueden dividir y polarizar al ser humano. Jesús en la cruz entre dos crucificados, Juan y María al pie de la cruz: todo el conjunto es un símbolo de totalidad. El número cinco es considerado como un símbolo de la persona que agrupa en torno a sí a los cuatro adversarios opuestos de este mundo. Cristo es el centro del mundo y el centro de nuestra alma, que mantiene conexionados los elementos disgregadores.

Al final pronuncia Jesús la palabra «todo se ha cumplido» y, al pronunciarla, expira. En la cruz ha sometido Jesús todas las fuerzas que pretendían acabar con él. Ha cohesionado en unidad compacta todos los elementos disgregantes del mundo. Ha curado la más profunda herida que existe, la muerte, y la ha transformado en gloria. Dios por su parte glorifica a su Hijo en la cruz. La muerte en cruz era en la antigüedad la muerte más ignominiosa, pero la muerte en cruz de Cristo se transforma en glorificación. Los hombres matan a Jesús pero él, al morir, encomienda su alma al Padre. Es el misterio de la vida redimida. La vida nos juega con frecuencia muy malas jugadas y termina siempre matándonos. Pero no hay en este mundo ningún poder capaz de reinar sobre nosotros. Al final somos siempre nosotros mismos los protagonistas porque en lo más profundo de nuestro ser está Cristo. Él es nuestro rey y su reino no es de este mundo. Ni siquiera la muerte puede expulsarnos de ese reino. A la hora de la muerte nos pondremos en manos de Dios para que nos glorifique en su reino. Este es el evangelio, la buena noticia de la historia de la Pasión. Nuestra vida puede ser una historia de la pasión, pero si Cristo está en el centro de esa historia, también nuestra pasión será transformada porque nuestro Cristo interior seguirá una por una todas las estaciones del Vía crucis hasta ponerse en manos de Dios a la hora de morir.

La exégesis psicoprofunda de la Pasión no pretende hacer otra cosa que proseguir lo que ya Juan empezó: hacer ver en la Pasión de Jesús de Nazaret nuestra propia pasión, hacer comprensible y experimentable la salvación que tuvo un día lugar en la cruz.

Si recorremos con el consciente todas las estaciones de la pasión de nuestra vida y muerte a sabiendas de que nuestro reino no es de este mundo, experimentaremos ya ahora qué significa exactamente ser redimido, ser liberado de los poderes de este mundo, ser introducido en la comunidad de Cristo, vencedor de la muerte. Juan expresa el significado de la Pasión en el hecho del soldado abriendo el costado de Jesús con un golpe de lanza y anotando que de la herida abierta brotó sangre y agua. En la sangre y en el agua ve Juan un símbolo del Espíritu Santo que envía Jesús después de su muerte sobre los hombres (Jn 7,38ss). Del costado de Jesús brota el Espíritu Santo en forma de sangre y agua que se derrama sobre toda la humanidad. Jesús se convierte, por su llaga, en fuente de vida para todo el mundo. En cuanto hijo colgado del árbol maternal se convierte en madre generadora de vida. Para C. G. Jung, Jesús crucificado es un símbolo de humanización. Y la cruz es símbolo del paso del hombre desde su estado de sumisión a los instintos al reino de la libertad:

«El héroe se cuelga de los ramos del árbol materno al ser clavado en los brazos de la cruz. Se une, por decirlo así, a la muerte con la madre y asocia también el acto mismo de esa unión y paga su culpa con el tormento de la muerte. Mediante este acto de valor y de abnegación queda poderosamente sometida la naturaleza animal y de ese hecho cabe esperar la gran salvación de la humanidad. La cruz es símbolo del árbol de la vida y de la madre que puede vencer la muerte y renovar la vida».

Jesús con su corazón perforado es también un símbolo de la humanización ya realizada. En la mirada de Jesús herido podemos encontrar valor para salir de nuestra coraza dentro de la cual intentamos ocultar nuestras heridas con lo que lo único que conseguimos es hacerlas más dolorosas. Solamente en cuanto seres heridos podemos los humanos ser personas de verdad y convertirnos en fuentes de vida para otros. Un amor que no se deja herir permanece infecundo. En nuestra herida tomamos contacto con el corazón capaz de sentir y amar. Precisamente allí, donde nos sentimos heridos e impotentes, es donde más vitalidad poseemos y por donde tenemos acceso a nuestro núcleo interior. En el corazón traspasado hallamos entrada al santuario interior. Se rasga el velo que nos separa de lo más sagrado. Al establecer contacto con nuestro Yo auténtico nos abrimos automáticamente también a los demás hombres. Nos encontramos con ellos ya no sólo en su exterior; les permitimos penetrar por la herida hasta lo más profundo del corazón. Sólo allí puede tener lugar un encuentro saludable, sólo allí puede el Espíritu Santo y santificador derramarse con sus dones y transformar.

Escrito de Anselm Grün

Una Espiritualidad desde abajo

Publicado: abril 3, 2007 de administrador en Cristianismo Esotérico

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El diálogo con Dios desde el fondo de la persona

Por ANSELMO GRÜN

la espiritualidad es una inmersión
en el inconsciente humano.
(Josep Otón)

P. Dr. Anselmo Grün OSB nació el 14 de enero de 1945 en Junkershausen, Alemania. Su niñez la pasó en Munich, Baviera. Allí ayudaba en la tienda de artículos eléctricos de sus padres, vendiendo bombillas (focos) y linternas.
Al cumplir 19 años decide ser monje benedictino en la Abadía Münsterschwarzach cerca de Würzburg. Meditando la regla de San Benito de Nursia aprende el difícil arte de guiar y acompañar personas. Descubre, en los años setenta, la rica tradición de los antiguos monjes y la complementa con los conocimientos de psicología moderna, dándose cuenta de que la tradición monacal no ha perdido nada de su actualidad e importancia para las personas hoy.
Desde 1977, después de haber completado sus estudios en filosofía, teología y administración de empresas, es administrador de la Abadía Münsterschwarzach y responsable de casi 300 empleados que trabajan en 20 empresas dependientes de la Abadía.
En muchos cursos y ponencias, el P. Anselmo busca respuestas a las necesidades y preguntas de la gente. Así se convirtió en guía espiritual de muchas personas, sobre todo de los altos directivos de la vida económica en su país. El P. Grün ha escrito más de 60 libros y está entre los autores cristianos más leídos de nuestro tiempo.

La sabiduría no es una cuestión de
estudio, sino una cuestión de vivir.-
Sri Ram

INTRODUCCIÓN

En la historia de la espiritualidad se pueden distinguir dos corrientes clasificatorias. Hay una espiritualidad desde arriba, que parte de los principios de arriba y desciende a las realidades de abajo. Y hay otra espiritualidad desde abajo, que parte de las realidades de abajo para elevarse a Dios. La espiritualidad desde abajo afirma que Dios habla en la Biblia y por la Iglesia pero también nos habla por nosotros mismos a través de nuestros pensamientos y sentimientos, por nuestro cuerpo, por nuestros sueños, hasta por nuestras mismas heridas y presuntas flaquezas. La espiritualidad desde abajo ha sido practicada principalmente dentro del monacato. Los monjes antiguos comenzaron a estudiar la posibilidad de llegar al conocimiento y trato con Dios partiendo del análisis de las propias pasiones y del auto-conocimiento. Evagrio Póntico logró definir esta espiritualidad de abajo con una formulación ya clásica: si deseas conocer a Dios aprende primero a conocerte a ti mismo. El ascenso a Dios pasa por el descenso a la propia realidad, hasta lo más profundo del inconsciente. La espiritualidad de abajo contempla el camino hacia Dios no como una vía de dirección única que lleva directamente a Dios. El camino hacia Dios pasa generalmente por muchos cruces de errores, curvas y rodeos, pasa por fracasos y desengaños. Pero resulta que no son precisamente mis virtudes las que más me abren a Dios sino mis flaquezas, mi incapacidad, incluso mis pecados.
La espiritualidad desde arriba parte de las cumbres de un ideal prefijado. Arranca del ideal bien perfilado de un fin que el sujeto debería alcanzar mediante la oración y las prácticas espirituales. El ideal se diseña partiendo del estudio de la Sagrada Escritura, del magisterio de la Iglesia en materia moral y del auto-concepto. Las preguntas fundamentales de la espiritualidad de arriba son éstas:

– ¿Cómo tiene que ser un cristiano?

– ¿Qué debe hacer?

– ¿Qué tipo de conducta debería encarnar?

La espiritualidad de arriba brota de la aspiración humana a ser mejor, a superarse, a acercarse cada vez más a Dios. Esta espiritualidad tuvo su representación principal en las corrientes de la teología moral de los tres últimos siglos y en la ascética más común enseñada desde la ilustración. La psicología moderna se muestra muy escéptica frente a esta forma de espiritualidad por considerarla como un peligro de desintegración interior del sujeto. El que se identifica con su ideal prescinde frecuentemente de su propia realidad si ésta no se acopla a aquél. El resultado es un sujeto interiormente dividido y enfermo. La psicología en cambio apoya una espiritualidad de abajo tal como la practicaron los antiguos monjes. Para la psicología es incuestionablemente claro que el hombre no puede llegar a su propia verdad si no es por el propio conocimiento..
En la espiritualidad desde abajo no se trata sólo de prestar atención a la voz de Dios que me habla por mis pensamientos, sentimientos, inclinaciones y enfermedades para llegar por su medio al descubrimiento de la imagen que Dios se ha formado de mí. Tampoco se trata sólo de la elevación a Dios por el descenso a mi realidad. En la espiritualidad desde abajo se trata sobre todo de conseguir abrirse a las relaciones personales con Dios en el punto preciso en que se agotan y cierran todas las posibilidades humanas. La auténtica oración, dicen los monjes, brota de las profundidades de nuestras miserias y no de las cumbres de nuestras virtudes. Jean Lafrance describe la auténtica oración cristiana como una oración que brota de lo profundo, pero necesitó él mismo largos años de fracasos para llegar a esta clase de oración. Escribe:
Los esfuerzos que hacemos en la oración y ejercicios ascéticos para llegar a la posesión de Dios van en dirección equivocada. Nos parecemos a Prometeo en su vano intento de robar el fuego del cielo. Tiene suma importancia comprobar en qué medida induce este esquema de perfección a entrar por un camino contrario al enseñado por Jesús en el evangelio. Jesús no puso una escala de perfección por la que se sube peldaño tras peldaño hasta llegar a Dios. No, Jesús enseñó un camino de descenso a los fondos de la humildad. Al encontrarnos en el cruce debemos, por tanto, elegir para ir a Dios entre el camino que sube y el que baja. Según mis experiencias desearía adelantar algo ya desde ahora: Si para ir a Dios elige usted el camino del heroísmo en la práctica de las virtudes, eso es cosa suya, tiene usted todo el derecho de hacerlo. Pero quisiera prevenirle del peligro de darse contra la pared. Si, por el contario, prefiere usted el camino de la humildad, debe usted ser sincero en su deseo y no tiene por qué tener miedo de las profundidades de sus miserias.

La espiritualidad desde abajo intenta responder a la pregunta sobre qué se debe hacer cuando parece que todo sale torcido y cómo se deben colocar los fragmentos de nuestra vida rota para formar con ellos una figura nueva.
La espiritualidad desde abajo prefiere el camino de la humildad aunque esta palabra nos resulte hoy un tanto incómoda. La humildad descrita por san Benito en su regla como el camino espiritual del monje, es evaluada por Drewermann como un típico ejemplo de imposición desde fuera. Sin embargo, si damos un repaso a la literatura espiritual del cristianismo y de otras religiones, constatamos que en todas ellas se considera la humildad como la actitud fundamental de toda auténtica religiosidad. Pero la humildad no debe entenderse como una virtud que el hombre consigue por el mero hecho de humillarse y hacerse pequeño ante los demás. La humildad no es fundamentalmente una virtud social sino religiosa. La raíz latina de la palabra humildad, humilitas, se relaciona con la palabra humus, tierra. La humildad es reconciliación con nuestra terrenalidad, con el lastre de lo terrenal, con el mundo de nuestros impulsos, con todo cuanto de negativo existe en nosotros. Humildad es valor para aceptar la propia verdad. Los griegos distinguen entre tapeinosis, disminución, envilecimiento, pobreza, y tapeinophrosyne, descripción de los comportamientos de los pobres, actitud de humildad y pobreza espiritual. La humildad designa nuestra conducta ante Dios y es virtud religiosa. Es en todas las religiones criterio de toda auténtica espiritualidad. Es el lugar profundo donde puedo encontrarme con el verdadero Dios y donde pueden comenzar a dejarse oír los gemidos de la verdadera oración.
En este libro desearíamos describir los dos polos de la espiritualidad de abajo son: por una parte, el camino hacia nuestro yo y hacia Dios hasta llegar al encuentro con la esencia de sí mismo descendiendo a nuestra propia verdad y, por otra, la experiencia de impotencia y fracaso considerados como lugar de oración auténtica y como oportunidad de crear un nuevo estilo de relaciones personales con Dios y con los demás. La espiritualidad desde abajo describe los procedimientos terapéuticos que debe seguir el hombre hasta llegar al encuentro con la esencia de sí mismo. Es el camino religioso que lleva a la oración, al «grito desde lo profundo» y a la experiencia íntima de Dios a través de las experiencias de fracaso.

Conócete a tí mismo

Publicado: noviembre 12, 2006 de administrador en Cristianismo Esotérico

 rene

René Guenon

Habitualmente se cita esta frase: “Conócete a ti mismo”, pero a menudo se pierde de vista su sentido exacto. A propósito de la confusión que reina con respecto a estas palabras, pueden plantearse dos cuestiones: la primera concierne al origen de esta expresión, la segunda a su sentido real y a su razón de ser. Algunos lectores podrían creer que ambas cuestiones son completamente distintas y que no tienen entre sí ninguna relación. Tras una reflexión y un examen atento, claramente aparece que mantienen una estrecha conexión.

Si se les pregunta a quienes han estudiado la filosofía griega quién fue el hombre que pronunció primero esta sabia frase, la mayoría de ellos no dudará en responder que el autor de esta máxima es Sócrates, aunque algunos pretenden referirla a Platón y otros a Pitágoras. De estos pareceres contradictorios, de estas divergencias de opinión, estamos en nuestro derecho de concluir que esta frase no tiene por autor a ninguno de los filósofos mencionados, y que no es en ellos dónde habría que buscar su origen. Nos parece lícito formular esta advertencia, que parecerá justa al lector cuando sepa que dos de estos filósofos, Pitágoras y Sócrates, no dejaron ningún escrito.

En cuanto a Platón, nadie, sea cual sea su competencia filosófica, está en situación de distinguir qué fue dicho por él o por su maestro Sócrates. La mayor parte de la doctrina de este último no nos es conocida más que por mediación de Platón, y, por otra parte, se sabe que es en la enseñanza de Pitágoras donde Platón recogió ciertos conocimientos de los que hace gala en sus diálogos. Con ello, vemos que es extremadamente difícil delimitar lo que corresponde a cada uno de estos tres filósofos. Lo que se atribuye a Platón a menudo es también atribuido a Sócrates, y, entre las teorías consideradas, algunas son anteriores a ambos y provienen de la escuela de Pitágoras o de él mismo.

Verdaderamente, el origen de la expresión estudiada se remonta mucho más allá de los tres filósofos mencionados. Mejor aún: es más antigua que la historia de la filosofía, y supera también el dominio de la filosofía. Se dice que estas palabras estaban inscritas en la puerta de Apolo en Delfos. Posteriormente fueron adoptadas por Sócrates, así como por otros filósofos, como uno de los principios de su enseñanza, a pesar de la diferencia que haya podido existir entre estas diversas enseñanzas y los fines perseguidos por sus autores. Es probable, por lo demás, que también Pitágoras haya empleado esta expresión mucho antes que Sócrates. Con ello, estos filósofos se proponían demostrar que su enseñanza no era estrictamente personal, que provenía de un punto de partida más antiguo, de un punto de vista más elevado que se confundía con la fuente misma de la inspiració! n original, espontánea y divina.

Comprobamos que estos filósofos eran, por ello, muy diferentes a los filósofos modernos, que despliegan todos sus esfuerzos para expresar algo nuevo, a fin de ofrecerlo como la expresión de su propio pensamiento, de erigirse como los únicos autores de sus opiniones, como si la verdad pudiera ser propiedad de alguien.

Veremos ahora por qué los filósofos antiguos quisieron vincular su enseñanza con esta expresión o con alguna similar, y por qué se puede decir que esta máxima es de un orden superior a toda filosofía.

Para responder a la segunda parte de esta cuestión, diremos que la solución está contenida en el sentido original y etimológico de la palabra “filosofía”, que habría sido, se dice, empleada por primera vez por Pitágoras. La palabra filosofía expresa propiamente el hecho de amar a Sophia, la sabiduría, la aspiración a ésta o la disposición requerida para adquirirla.

Esta palabra siempre ha sido empleada para calificar una preparación a esa adquisición de la sabiduría, y especialmente los estudios que podían ayudar al philosophos, o a aquel que experimentaba por ella alguna tendencia, a convertirse en sophos, es decir, en sabio.

Así, como el medio no podría ser tomado por un fin, el amor a la sabiduría no podría constituir la sabiduría misma. Y debido a que la sabiduría es en sí idéntica al verdadero conocimiento interior, se puede decir que el conocimiento filosófico no es sino un conocimiento superficial y exterior. No posee en sí mismo, ni por sí mismo, un valor propio. Solamente constituye un grado preliminar en la vía del conocimiento superior y verdadero, que es la sabiduría.

Es muy conocido por quienes han estudiado a los filósofos antiguos que éstos tenían dos clases de enseñanza, una exotérica y otra esotérica. Todo lo que estaba escrito pertenecía solamente a la primera. En cuanto a la segunda, nos es imposible conocer exactamente su naturaleza, ya que por un lado estaba reservada a unos pocos, y, por otro, tenía un carácter secreto. Ambas cualidades no hubieran tenido ninguna razón de ser si no hubiera habido ahí algo superior a la simple filosofía.

Puede al menos pensarse que esta enseñanza esotérica estaba en estrecha y directa relación con la sabiduría y que no apelaba tan sólo a la razón o a la lógica, como es el caso para la filosofía, que por ello ha sido llamada “el conocimiento racional”. Los filósofos de la Antigüedad admitían que el conocimiento racional, es decir, la filosofía, no era el más alto grado del conocimiento, no era la sabiduría.

¿Acaso la sabiduría puede ser enseñada del mismo modo que el conocimiento exterior, por la palabra o mediante libros? Ello es realmente imposible, y veremos la razón. Lo que podemos afirmar desde ahora es que la preparación filosófica no es suficiente, ni siquiera como preparación, pues no concierne más que a una facultad limitada, que es la razón, mientras que la sabiduría concierne a la realidad del ser al completo.

De modo que existe una preparación a la sabiduría más elevada que la filosofía, que no se dirige a la razón, sino al alma y al espíritu, y a la que podemos llamar preparación interior; éste parece haber sido el carácter de los más altos grados de la escuela de Pitágoras. Ha ejercido su influencia a través de la escuela de Platón y hasta el neo-platonismo de la escuela de Alejandría, donde apareció de nuevo claramente, así como entre los neo-pitagóricos de la misma época. Si para esta preparación interior se empleaban también palabras, éstas no podían ser ya tomadas sino como símbolos destinados a fijar la contemplación interior.

Mediante esta preparación, el hombre es llevado a ciertos estados que le permiten superar el conocimiento racional al que había llegado anteriormente, y como todo esto está muy por encima de la razón, está también muy por encima de la filosofía, puesto que la palabra filosofía siempre es empleada de hecho para designar algo que sólo pertenece a la razón.

No obstante, es asombroso que los modernos hayan llegado a considerar a la filosofía, así definida, como si fuera completa en sí misma, y olvidan así lo más elevado y superior.

La enseñanza esotérica fue conocida en los países de Oriente antes de propagarse en Grecia, donde recibió el nombre de “misterios”. Los primeros filósofos, en particular Pitágoras, vincularon a ellos su enseñanza, como no siendo sino una expresión nueva de ideas antiguas.

Existían numerosas clases de misterios con orígenes diversos. Aquellos en los que se inspiraron Pitágoras y Platón estaban en relación con el culto de Apolo. Los “misterios” tuvieron siempre un carácter reservado y secreto, significando etimológicamente la propia palabra “misterios” silencio total, no pudiendo ser expresadas mediante palabras las cosas a las cuales se referían, sino tan sólo enseñadas por una vía silenciosa. Pero los modernos, al ignorar cualquier otro método distinto al que implica el uso de la palabra, al cual podemos llamar el método de la enseñanza exotérica, han creído erróneamente, a causa de ello, que no había aquí ninguna enseñanza.

Podemos afirmar que esta enseñanza silenciosa usaba figuras, símbolos y otros medios que tenían por objetivo conducir al hombre a estados interiores, permitiéndole llegar gradualmente al conocimiento real o a la sabiduría. Tal era el objetivo esencial y final de todos los “misterios” y de otras cosas semejantes que pueden encontrarse en diferentes lugares.

En cuanto a los “misterios” que estaban especialmente vinculados al culto de Apolo y al propio Apolo, es preciso recordar que éste era el dios del sol y de la luz, siendo ésta en su sentido espiritual la fuente de donde brota todo conocimiento y de la que derivan las ciencias y las artes.

Se dice que los ritos de Apolo llegaron del Norte y esto se refiere a una tradición muy antigua, que se encuentra en libros sagrados como el Vêda hindú y el Avesta persa. Este origen nórdico era incluso afirmado más especialmente para Delfos, que pasaba por ser un centro espiritual universal; y había en su templo una piedra llamada omphalos que simbolizaba el centro del mundo.

Se piensa que la historia de Pitágoras, e incluso su propio nombre, poseen una cierta relación con los ritos de Apolo. Éste era llamado Pythios, y se dice que Pytho era el nombre original de Delfos. La mujer que recibía la inspiración de los Dioses en el templo era llamada Pythia. El nombre de Pitágoras significa entonces “guía de la Pythia”, lo cual se aplica al propio Apolo. Se cuenta además que es la Pythia quien declaró que Sócrates era el más sabio de los hombres. Parece entonces que Sócrates estuvo relacionado con el centro espiritual de Delfos, al igual que Pitágoras.

Añadiremos que si bien todas las ciencias eran atribuidas a Apolo, esto era incluso más especialmente en cuanto a la geometría y la medicina. En la escuela pitagórica, la geometría y todas las ramas de las matemáticas ocupaban el primer lugar en la preparación al conocimiento superior. Con respecto a este conocimiento, estas ciencias no eran dejadas de lado, sino que, por el contrario, eran empleadas como símbolos de la verdad espiritual. También Platón consideraba a la geometría como una preparación indispensable a toda otra enseñanza, y había inscrito sobre la puerta de su escuela estas palabras: “Nadie entre aquí si no es geómetra”. Se comprende el sentido de estas palabras cuando se las refiere a otra fórmula del mismo Platón: “Dios hace siempre geometría”, ya que, hablando de un Dios geómetra, Platón aludía a Apolo.

No debe asombrar que los filósofos de la Antigüedad hayan empleado la frase inscrita en la entrada del templo de Delfos, puesto que conocemos ahora los vínculos que los unían a los ritos y al simbolismo de Apolo.

Después de todo esto, fácilmente podemos comprender el sentido real de la frase estudiada aquí y el error de los modernos a este respecto. Este error deriva de que ellos han considerado esta frase como una simple sentencia de un filósofo, a quien atribuyen siempre un pensamiento comparable al suyo. Pero, en realidad, el pensamiento antiguo difería profundamente del pensamiento moderno. Así, muchos atribuyen a esta frase un sentido psicológico; pero lo que ellos llaman psicología consiste tan sólo en el estudio de los fenómenos mentales, que no son sino modificaciones exteriores -y no la esencia- del ser.

Otros aún ven en ella, sobre todo aquellos que la atribuyen a Sócrates, un objetivo moral, la búsqueda de una ley aplicable a la vida práctica. Todas estas interpretaciones exteriores, sin ser siempre enteramente falsas, no justifican el carácter sagrado que poseía en su origen, que implica un sentido mucho más profundo que el que así se le quiere atribuir. En primer lugar, significa que ninguna enseñanza exotérica es capaz de dar el conocimiento real, que el hombre debe encontrar solamente en sí mismo, pues, de hecho, ningún conocimiento puede ser adquirido sino mediante una comprensión personal.

Sin esta comprensión, ninguna enseñanza puede desembocar en un resultado eficaz, y la enseñanza que no despierta en quien la recibe una resonancia personal no puede procurar ninguna clase de conocimiento. Es la razón de que Platón dijera que “todo lo que el hombre aprende está ya en él”. Todas las experiencias, todas las cosas exteriores que le rodean no son más que una ocasión para ayudarle a tomar conocimiento de lo que hay en sí mismo. Este despertar es lo que se llama anámnesis, que significa “reminiscencia”.

Si ello es cierto para todo conocimiento, lo es mucho más para un conocimiento más elevado y más profundo, y, cuando el hombre avanza hacia este conocimiento, todos los medios exteriores y sensibles se hacen cada vez más insuficientes, hasta finalmente perder toda utilidad. Si bien pueden ayudar a aproximarse a la sabiduría en algún grado, son impotentes para adquirirla realmente, y se dice corrientemente en la India que el verdadero gurú o maestro se encuentra en el propio hombre y no en el mundo exterior, aunque una ayuda exterior pueda ser útil al principio, para preparar al hombre a encontrar en sí y por sí mismo lo que no puede encontrar en otra parte, y particularmente lo que está por encima del nivel de la conciencia racional. Es necesario, para alcanzar esto, realizar ciertos estados que avanzan siempre más profundamente hacia el ser, hacia el centro, s! imbolizado por el corazón y donde la conciencia del hombre debe ser transferida para hacerle capaz de alcanzar el conocimiento real. Estos estados, que eran realizados en los misterios antiguos, eran grados en la vía de esta transposición de la mente al corazón.

Había, hemos dicho, una piedra en el templo de Delfos llamada omphalos, que representaba el centro del ser humano, así como el centro del mundo, según la correspondencia que existe entre el macrocosmos y el microcosmos, es decir, el hombre, de tal manera que todo lo que está en uno está en relación directa con lo que está en el otro. Avicena dijo: “Tú te crees una nada, y sin embargo el mundo reside en ti”.

Es curioso señalar la creencia extendida en la Antigüedad según la cual el omphalos había caído del cielo, y se tendrá una idea exacta del sentimiento de los griegos con respecto a esta piedra diciendo que tenía cierta similitud con el que experimentamos con respecto a la piedra negra sagrada de la Kaabah.

La similitud que existe entre el macrocosmos y el microcosmos hace que cada uno de ellos sea la imagen del otro, y la correspondencia entre los elementos que los componen demuestra que el hombre debe conocerse a sí mismo primero para poder conocer después todas las cosas, pues, en verdad, puede encontrarlo todo en él. Es por esta razón que algunas ciencias -especialmente las que forman parte del conocimiento antiguo y que son casi ignoradas por nuestros contemporáneos- poseen un doble sentido. Por su apariencia exterior, estas ciencias se refieren al macrocosmos y pueden ser consideradas justamente desde este punto de vista. Pero al mismo tiempo también poseen un sentido más profundo, el que se refiere al propio hombre y a la vía interior por la cual puede realizar el conocimiento en sí mismo, realización que no es otra que la de su propio ser. Aristóteles dijo! : “el ser es todo lo que conoce”, de tal modo que, allí donde existe conocimiento real -y no su apariencia o su sombra- el conocimiento y el ser son una y la misma cosa.

La sombra, según Platón, es el conocimiento por los sentidos e incluso el conocimiento racional que, aunque más elevado, tiene su origen en los sentidos. En cuanto al conocimiento real, está por encima del nivel de la razón; y su realización, o la realización del ser, es semejante a la formación del mundo, según la correspondencia de la que hemos hablado. Es ésta la razón de que algunas ciencias puedan describirse bajo la apariencia de esta formación; este doble sentido estaba incluido en los antiguos misterios, del mismo modo que en todas las enseñanzas que apuntan al mismo fin entre los pueblos de Oriente. Parece que igualmente en Occidente esta enseñanza ha existido durante toda la Edad Media, aunque hoy haya desaparecido completamente, hasta el punto que la mayoría de los occidentales no tiene idea alguna de su naturaleza o siquiera de su existencia.

Por todo lo precedente, vemos que el conocimiento real no tiene como vía a la razón, sino al espíritu y al ser al completo, pues no es otra cosa que la realización de este ser en todos sus estados, lo que constituye el fin del conocimiento y la obtención de la sabiduría suprema. En realidad, lo que pertenece al alma, e incluso al espíritu, representa solamente grados en la vía hacia la esencia íntima que es el verdadero Sí, y que puede ser encontrada tan sólo cuando el ser ha alcanzado su propio centro, estando unidas y concentradas todas sus potencias como en un solo punto, en el cual todas las cosas se le aparecen, estando contenidas en este punto como en su primer y único principio, y así puede conocer todas las cosas como en sí mismo y desde sí mismo, como la totalidad de la existencia en la unidad de su propia esencia.

Es fácil ver cuán lejos está esto de la psicología en el sentido moderno de la palabra, y que va incluso mucho más lejos que un conocimiento más verdadero y más profundo del alma, que no puede ser sino el primer paso en esta vía. Es importante indicar que el significado de la palabra nefs no debe ser aquí restringido al alma, pues esta palabra se encuentra en la traducción árabe de la frase considerada, mientras que su equivalente griego psyché no aparece en el original. No debe pues atribuirse a esta palabra el sentido corriente, pues es seguro que posee otro significado mucho más elevado que le hace asimilable al término esencia, y que se refiere al Sí o al ser real; como prueba, tenemos lo que se dice en el siguiente hadith, que es como un complemento de la frase griega: “Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”.

Cuando el hombre se conoce a sí mismo en su esencia profunda, es decir, en el centro de su ser, es cuando conoce a su Señor. Y conociendo a su Señor, conoce al mismo tiempo todas las cosas, que vienen de Él y a Él retornan. Conoce todas las cosas en la suprema unidad del Principio divino, fuera del cual, según la sentencia de Mohyiddin ibn Arabî, “no hay absolutamente nada que exista”, pues nada puede haber fuera del Infinito.

Artículo de R. Guénon publicado en árabe en la revista El-Ma’rifah, nº1, mayo de 1931, y recopilado posteriormente en MÉLANGES, Paris, Gallimard, 1976, 1980, 1984, 1990.

Los Esenios y los manuscritos del Mar Muerto

Publicado: noviembre 11, 2006 de administrador en Cristianismo Esotérico

El hallazgo de los manuscritos del mar muerto

En 1945 tres Pastores beduinos de la tribu ta´amireh, que Vivian en el desierto de Judea, descubrieron una cueva en Qumran, en su interior encontraron diez tinajas cilíndricas y restos de otras que se habían roto por las piedras caídas del techo. Algunas estaban vacías, pero de una de ellas sacaron un extraño paquete de color verdoso que contenía pergaminos. Luego se descubriría que los escritos correspondían al manuscrito de Isaías (es el texto más antiguo que hoy en día disponemos del Antiguo Testamento), al comentario de Habacuc y a la Regla de dicha comunidad que algunos investigadores pensaban que podían ser los esenios. El 11 de abril de 1948 salió a la luz pública la noticia al mundo del hallazgo de estos manuscritos cuya antigüedad se fechaba en torno al siglo II ó III antes de nuestra Era. Entre 1945 y 1966, beduinos y arqueólogos buscaron en el interior de cientos de cuevas a lo largo del desierto que está paralelo al Mar Muerto.
En unas veinte de esas cuevas se hallaron escritos de distintas épocas, que componen un conjunto de textos de tipo bíblicos, apócrifos, documentos de los esenios, cartas y papeles de carácter jurídico-administrativo, así como monedas, restos de utensilios, etc.
Gracias a estos hallazgos podemos ver que apreciaban la ley mosaica y el antiguo testamento además de que podemos observar su extraño lenguaje escrito ya que algunos de sus escritos han sido realizados en símbolos para solo ellos poder entenderlos.

Inicios
Hacia el año150 a.C. surgen como una verdadera religión. El nombre significa “los piadosos” y les fue dado por las gentes que los conocían, ya que ellos mismos se denominaban “Orden de los Hijos de la Luz”. No existe referencia de ellos ni el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, pero si la hay; a través del historiador y cronista Flavio Josefo (Guerra de los Judíos II, 119-161), de Filón, Plinio y muchos otros, coincidiendo todos en elogios sobre su Regla y del espíritu que les inspiraba. Plinio dice; “son gente solitaria y muy superior al resto de la Humanidad” y que se nutrían merced a la incesante corriente de personas que acudían a ellos en gran número. A Filón, le inspiraron su Tratado para probar que todo hombre bueno es también libre. Para Josefo que hacia los diecinueve años había pertenecido ya a los fariseos, a los saduceos y a los esenios, nos dice que constituyen una hermandad similar a los pitagóricos y que habían renunciado al placer y a las riquezas de la vida.
Tenían todos sus bienes en común, todos debían contribuir con sus trabajos y en retribución, nunca debían de carecer de lo necesario.
Solían vivir más de cien años. No había entre ellos ni esclavos ni señores, pues apostaban por la fraternidad.
Estudiaban las Escrituras tratando de aumentar en el conocimiento profundo de la Verdad, iban siempre de blanco, y su vida estaba siempre presidida por un alto nivel de disciplina.
Los esenios habitaron en la llamada “Ciudad de la Sal”, lugar inhóspito en el desierto de Judea, junto al Mar Muerto.

El llamado maestro de justicia
La comunidad fue reorganizada por un personaje llamado Maestro de Justicia y continuó en el desierto hasta el terremoto que produjo graves daños en toda la zona, en el año 31 a.C. algunos grupos volvieron al Mar Muerto para luego desaparecer en la historia.
Los documentos hallados en Qumran, han puesto sobre la mesa su importantísimo papel en el que se inspiró el cristianismo primitivo. La comunidad reflejada en estos documentos es mesianista aguardando la restauración de la línea davídica en el trono de Israel. En el manuscrito de la Guerra, hallado en una de las cuevas a ese Mesías davídico se le llama “el Cetro”.Eran dualistas y con la mentalidad apocalíptica tal y como se refleja en el Nuevo Testamento.
La comunidad de qumran
Qumran, a unos 17 kilómetros al sur de Jericó y al norte de Ain Gidi, era su lugar principal en Palestina, pero estaban por todo el país, y también en Egipto donde tenían su sede más importante en los alrededores de Alejandría; próximos al Monte Moria o ha Heliópolis según otros.
Los sectarios de Qumran se reconocían a sí mismos como el “grupo” puro de Israel, como la Nueva Alianza. Sus miembros practicaban ritos similares al bautismo de la primitiva comunidad cristiana y marcaban las frentes de sus iniciados con el signo de la X (cruz de San Andrés) se creyó que representaba la letra inicial de la palabra griega Xristos, pero la práctica efectiva de señalar al iniciado “elegido” era la misma.
Arnauld de Saint-Jacques en su obra Los Templarios y el Evangelio de San Juan: La fuente de Moisés fue Egipto y los iniciados esenios aprendieron de esta misma fuente, aparte de recoger la Tradición hebrea en su pureza a través de textos ocultos de los profanos y los invasores romanos. No cabe ninguna duda de que la Orden de los Hijos de la Luz era una orden monástica, y una orden iniciática que practicaba la cábala, la astrología y la alquimia. Su misión principal era preparar el advenimiento del Mesías, formando un cierto número de iniciados y de santos que ayudaran al Cristo en su Misión Redentora y a los apóstoles.

Jesúcrito y los esenios
Seguramente la Orden Esenia cumplió su cometido, preparando el nacimiento de Jesús, para lo cual tomaron bajo su protección a las familias de María y de José que recibieron formación esenia como la recibiría el mismo Jesús y Juan el Bautista.
Tras morir Cristo, los esenios siguieron prestando sus servicios a los apóstoles y discípulos con tal eficacia y discreción que sólo pasados los siglos, ha sido reconocida su inmensa labor por algunos de los historiadores.

Relación entre los judíos y esenios
El odio de los jefes judíos contra los esenios era atroz, tomemos como ejemplo el hecho de que el Gran Sacerdote de Jerusalén realizara una expedición violenta contra Qumran donde se asesinó al Maestro de Justicia mientras este oficiaba una ceremonia.
Los esenios, herederos de la Orden de Melquisedec, acusaban a los líderes judíos de usurpación del sacerdocio y de contaminar el santuario ya que rechazaban los sacrificios de animales. Hasta el calendario era objeto de discusión ya que Qumran se regía por el calendario solar, mientras que Jerusalén utilizaba el lunar, por lo que las liturgias no coincidían. Mientras los esenios creían en la esencia de la Tradición del Verbo Solar de Ram, los judíos; habían adoptado el Principio Jónico, simbolizado por la Luna, principio femenino y reflejo del solar.
Los esenios eran conscientes, no sólo creían en una Nueva Alianza, sino, que además vivían ya esta Nueva Alianza.

El final
Tan viva era su fe que no temían la muerte, por ello causo la admiración de los mismos romanos cuando estos atacaron Qumran.
Josefo nos decía: “Menosprecian los peligros, triunfan del dolor por la elevación de su alma y consideran la muerte, cuando se presenta con gloria, como preferible a una vida mortal. La guerra romana ha probado su fuerza de carácter en toda circunstancia: los miembros apaleados, torturados, quemados y sometidos a todos los instrumentos de martirio con el fin de arrancarles alguna blasfemia contra el legislador o para hacerles comer alimentos prohibidos, no ha podido obligarles ni a lo uno ni a lo otro, ni siquiera sus torturadores han podido alardear de haberles hecho derramar una sola lágrima. Sonrientes durante los suplicios y burlándose de sus verdugos, expiraban con alegría como si pronto volvieran a revivir”. (Guerra de los Judíos, Libro 2º, cap. VII).
La Orden de los Hijos de la Luz fue destruida durante la represión del año 70. Qumran fue arrasada y muchos esenios muertos. Los que escaparon se refugiaron junto a hermanos suyos en las comunidades cristianas. Estos últimos esenios serían uno de los tres grupos de iniciados que formaron el misterioso Priorato de Sión, prolongación oculta de la Orden del Temple.

El temple y los esenios
Resulta curiosa la similitud, en su trascendencia y rigurosidad, entre las liturgias de entrada de ambas órdenes. Ingresar en la secta esenia, así como en la orden templaria, no era fácil, llevándose a cabo complejos rituales de admisión.

El enigma crístico
Si la figura de Juan el Bautista ha provocado dudas sobre su procedencia esenia, el propio Jesús no lo ha sido menos. La figura central del Cristianismo ha sugerido; todo tipo de leyendas para explicar su mensaje. Desde teorías que lo llevan al Himalaya, hasta secretos viajes a Egipto o a la India. La falta de información de Jesús permite todo tipo de especulaciones.
Una cosa si está clara, y es que cada vez se hace más evidente la aportación de los esenios al Cristianismo.