Archivos de la categoría ‘Cuentos e historias que enseñan’

El buscador de la Verdad

Publicado: junio 29, 2008 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

A un visitante que así mismo se definía como buscador de la verdad le dijo el Maestro:

– Si lo que buscas es la verdad, hay algo que es preciso que tengas presente por encima de todo.

– Ya lo sé, una irresistible pasión por ella….(dijo el visitante).

-No, una incesante disposición a reconocer que puedes estar equivocado….. (le respondió el Maestro).


 

 

El Hombre Santo

Publicado: junio 29, 2008 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

 

 

 

 

Le preguntaron en cierta ocasión a Buda: «¿Quién es un hombre santo?». Y Buda respondió: «Cada hora se divide en cierto número de segundos, y cada segundo en cierto número de fracciones. El santo es en realidad el que es capaz de estar totalmente presente en cada fracción de «segundo».


 

 

 

La Sabiduría en Las Palabras

Publicado: junio 29, 2008 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

Una sabida y conocida anécdota árabe dice que en una ocasión un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó a llamar a un adivino para que interpretase su sueño.

-¡Qué desgracia, mi señor! -exclamó el adivino-, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.

-¡Qué insolencia! -gritó el Sultán enfurecido-, ¿cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro adivino y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

-¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobreviviréis a todos vuestros parientes.

Iluminóse el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

-No es posible!, la interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer adivino. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.

-Recuerda bien, amigo mío -respondió el segundo adivino-, que todo depende de la forma en el decir, uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender el arte de comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.


 

 

 

El Abad y el Ermitaño

Publicado: junio 29, 2008 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

Vino una vez un famoso ermitaño a visitar al viejo abad Pimen, uno de los más renombrados padres del desierto en el siglo cuarto. Un monje se encargó de presentarle al abad diciendo: -Es un hombre extraordinario, estimado y querido en todo este contorno. Yo le hablé una vez de ti y ahora ha venido personalmente a verte. El anciano le recibió muy amable, se saludaron, se sentaron y el visitante inició la conversación disertando sobre la Escritura, sobre temas espirituales y celestiales.

El abad volvió bruscamente a otra parte la cabeza sin responder palabra. Cuando el anacoreta se percató de que el anciano no le hacía caso se levantó y se fue decepcionado y triste. Luego dijo al monje que le había presentado:

– He hecho un largo viaje inútil. Vine a ver al Abad y, ya ves, no se ha dignado hablarme. Entonces volvió el monje intermediario al abad Pimen y le dijo:

– Padre, ese hombre extraordinario y con enorme prestigio en toda esta comarca ha venido de lejos expresamente para verte. Y..¿Por qué no le has querido hablar?.

-A lo que respondió: – Ese hombre vive sobre las nubes y habla de las nubes, yo en cambio vivo en la tierra y hablo de cosas de la tierra. Si hubiera hablado de las aspiraciones del alma le hubiera respondido con mucho gusto. Pero si habla de cosas intelectuales no lo entiendo. El monje salió y dijo al ermitaño: -Al padre no le gusta discutir sobre la Escritura, pero si alguien viene a hablar con él de las aspiraciones del alma responde y habla gustosamente cuanto sea necesario.


 

 

 

La Parábola del Mono

Publicado: mayo 13, 2008 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

 

Una Ilustración de los Efectos de la Percepción Distorsionada.

Para ilustrar este punto me gustaría explicarles la parábola del Mono.

Un Maestro Budista Chino y sus tres discípulos, Mono, Rubio y Cerdito, fueron en peregrinación a la India en busca de Escrituras budistas. El Maestro estaba practicando una forma de meditación de concentración muy dura en la que se adhería de forma estricta a los preceptos y controlaba los sentidos a tal grado que su consciencia introspectiva de lo que ocurría a su alrededor afloraba al exterior. Mono era el único miembro del grupo que mantenía una consciencia tal. Incluso notaba la presencia de demonios o de espíritus diabólicos.

En un momento del viaje todos estaban hambrientos, en especial Cerdito, que tenía tantas ganas de comer que el discípulo Mono tuvo que dejar a sus compañeros e ir en busca de comida. Puesto que era consciente de que se acercaban al territorio del Demonio de Huesos Blancos, al que le apetecía todo tipo de carne, trazó un círculo en el suelo y dijo al Maestro y a los otros discípulos que permanecieran en su interior. Así Mono podía marchar sin que el Demonio tuviera oportunidad de acercarse. Les recalcó mucho que no se movieran del interior del círculo, pasara lo que pasara, hasta que él volviera pues este era el único método para que estuvieran seguros durante su ausencia. No paró de insistir en ello. Tras ello el discípulo Mono salió en busca de comida.

Poco después de que Mono partiera, el Demonio de los Huesos Blancos se disfrazó, en forma humana, de jovencita que llevaba una cesta, y caminó hasta el lugar en el que esperaban el Maestro chino y sus dos discípulos. Al vislumbrarla, Cerdito se puso muy contento. Estaba totalmente convencido de que la joven traía algo para que el grupo comiera. Es algo típico de la cultura Oriental; cuando un monje ve a un laico que viene hacia él con algo en las manos, piensa inmediatamente en que le traen una ofrenda. Esto fue lo que le pareció a Cerdito, el hambriento. Como respuesta a su percepción y hambre, Cerdito olvidó el consejo de Mono y salió corriendo del círculo para ayudar lo que parecía una devota budista a llevar su cesta. El Demonio disfrazado era una buena actriz y sabía exactamente como camelar a Cerdito, al Maestro y a Rubio. Cuando llegó al círculo sabía que se trataba de un círculo de poder que podía dañarla si penetraba en él. Por ello, permaneció fuera e invitó a los monjes a que salieran de él. A causa de su ignorancia, y de su percepción totalmente distorsionada, respondieron a su llamada. En ese instante Mono era claramente consciente y sabía que el demonio de los Huesos Blancos estaba atacando al Maestro y a sus amigos. Utilizando todos sus poderes volvió rápidamente. Sin vacilación alguna mató, con su varita mágica, al Demonio disfrazado. Este se convirtió en negras nubes que cubrieron el cielo y los amenazaron con rayos y truenos.

El Maestro estaba muy sorprendido de que su discípulo Mono hubiera violado el precepto budista de no matar. Se puso furioso con él y lo regaó por su mala acción. Aunque Mono trató de explicarle que no había matado a un Ser humano sino al poderoso Demonio de Huesos Blancos disfrazado de joven. El Maestro no quedó convencido de ello y no habló más del tema, guardándose dentro de sí la furia. Siguieron su camino con el discípulo Mono abriendo la marcha.

Cada vez que Mono se distanciaba de la vista algo les ocurría al resto. Esta vez se encontraron con una anciana, que preguntó a los monjes si habían visto a su hija por algún sitio. De nuevo Mono se dio cuenta, gracias a su elevada y siempre atenta consciencia, del peligro que se cernía sobre el grupo. Volvió lo antes que pudo y descubrió al mismo demonio disfrazado de anciana. Bruscamente la golpeó con su poderosa varita. Esta vez el Maestro perdió totalmente el control. Expulsó a Mono en su creencia de que el discípulo había matado a dos seres humanos a lo largo del viaje. (Lo que está totalmente en contra de la disciplina y el código de conducta budistas). Mono no discutió con su Maestro, solo le informó de la verdad; de haber destruido al demonio que trataba de engañarlos y comerse su carne. Luego dejó el grupo taI como deseaba su Maestro.

El grupo viajó de este modo, sin Mono, hasta que se vieron frente a la situación de mayor peligro. Al final desearon que Mono estuviera allí para ayudarles y en ese preciso instante acudió y finalmente destruyó al Demonio de los Huesos Blancos, sin dejar traza alguna. Salvó al Maestro, a sí mismo y a sus discípulos amigos.

En esta historia antigua existen dos puntos básicos. El primero es la compartida percepción distorsionada que dictó tanto a Cerdito como al Maestro a actuar en conformidad con sus ideas preconcebidas, relacionadas con sus emociones y su hambre. Fuertemente condicionados por lo antiguo, no podían ver lo nuevo tal como era. Por el contrario, lo experimentaron en el contexto de lo viejo. Este es el modo en que la realidad fáctica puede verse distorsionada por la percepción. En segundo lugar, el discípulo Mono era el único que poseía la cualidad de la consciencia impecable y de la percepción precisa. Estaba atento a su entorno y era consciente del peligro que se produciría durante el viaje a causa de la conciencia demoníaca. Por ello, era capaz de responder a la fuerza negativa de forma contundente, sin dudar y sin llegar a ser victima de ella.

Se trata también de un buen ejemplo para distinguir la consciencia de la concentración. La concentración establece un contacto directo con lo obvio, o lo que está sucediendo en el momento, haciendo comprometer al practicante con ideales, nociones preconcebidas y objetivos fijos de modo que no queda espacio para que lo nuevo y lo obvio establezcan contacto. La consciencia nos permite el estar totalmente en contacto con el Ahora, el presente creativo, mediante el que la persona que está siempre consciente puede saber y ver aquello que está sucediendo, «delante, detrás y a su alrededor.» Una persona de estas características no confunde, en momento alguno, la realidad con la irrealidad.

Del libro “Retorno al Origen” de Dhiravamsa

 

 

La Verdad

Publicado: abril 29, 2008 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

LA VERDAD

Algunas veces

es prudente callarla por caridad con el necio.

Pero si crees que debes hablar

di siempre la verdad;

porque aun aquellos que en primera instancia te condenen

más tarde acabarán respetándote,

acabarán humillándose,

no ante ti sino ante el peso de su propia farsa.

Tú sé fiel contigo mismo

y no temas por los resultados.

No quieras alcanzar la cima

descuidando la firmeza de cada paso.

Que la suave cadencia de tu andar

tenga la solidez imperecedera de lo cierto;

porque entonces ni el huracán ni el rayo

podrán borrarlos.

Mientras que si edificas sobre lo falso

pronto verás desmoronarse tu obra.

Que no ahoguen tu sentir

el miedo y la comodidad,

que no sea la indiferencia el escudo de tu idiotez,

porque sin heroísmo ¿qué vale la vida?

Sabe que por muy largo y erudito

que resulte tu discurso,

si carece de sinceridad caerá en el vacío.

Todo será como si no hubieses dicho nada.

El tiempo sepulta implacablemente

y sólo ha de permanecer brillante entre las sombras

aquello que en esencia tiene algo de eterno.

Pon siempre la verdad por encima de ti,

porque tú tienes errores pero ella es perfecta.

Y sobre todo

ten la valentía de gritarla

aun siendo tú el perjudicado;

ya verás cómo siempre sales ganando.

Poema de Malinowski

 

 

El loco

Publicado: diciembre 14, 2006 de administrador en Cuentos e historias que enseñan

 

En un pueblo rodeado de cerros habitaba un loco, la gente del pueblo le llamaba así: “EL LOCO”, ¿y porqué le llamaban así?, ¿Acaso, hacía cosas disparatadas, cosas raras, cosas diferentes a lo que hacen la mayoría de las personas, al menos en ese pueblo?.

La gente al verlo pasar se reía y se burlaba de él, humildemente vestido, sin posesiones, sin una casa que se dijera de su propiedad, sin una esposa ni unos hijos; “un desdichado”, pensaba la gente, alguien que no beneficiaba a la sociedad, “un inútil”, comentaban otros.
Más he aquí que este viejo ocupaba su vida sembrando árboles en todas partes donde pudiera, sembraba semillas de las cuales nunca vería ni las flores ni el fruto, y nadie le pagaba por ello y nadie se lo agradecía, nadie lo alentaba, por el contrario, era objeto de burla ante los demás.
Y así pasaba su vida, poniendo semillas, plantando arbolitos ante la burla de los demás. Y he aquí que ese ser era un gran Espíritu de Luz, que poniendo la muestra de como se deben hacer las cosas, sembrando, siempre sembrando sin esperar a ver el fruto, sin esperar a saborearlo.
Y sucedió que un día cabalgaba por esos rumbos el Sultán de aquellos lugares, rodeado de su escolta y observaba lo que sucedía verdaderamente en su reino, para no escucharlo a través de la boca de sus ministros.

Al pasar por aquel lugar y al encontrarse al Loco le preguntó: “¿Qué haces, buen hombre?”
Y el viejo le respondió: “Sembrando Señor, sembrando”. Nuevamente inquirió el Sultán: Pero, “¿cómo es que siembras? Estás viejo y cansado, y seguramente no verás siquiera el árbol cuando crezca. ¿Para qué siembras entonces?”
A lo que el viejo contesto: “Señor, otros sembraron y he comido, es tiempo de que yo siembre para que otros coman”

El Sultán quedo admirado de la sabiduría de aquel hombre al que llamaban LOCO, y nuevamente le preguntó:
”Pero no verás los frutos, y aun sabiendo eso continuas sembrando… Por ello te regalaré una monedas de oro, por esa gran lección que me has dado”.

El Sultán llamó a uno de sus guardias para que trajese una pequeña bolsa con monedas de oro u las entregó al sembrador.
El sembrador respondió: “Ves, Señor, como ya mi semilla ha dado fruto, aún no la acabo de sembrar y ya me está dando frutos, y aun más, si alguna persona se volviera loca como yo y se dedicara solamente a sembrar sin esperar los frutos sería el más maravilloso de todos los frutos que yo hubiera obtenido, porque siempre esperamos algo a cambio de lo que hacemos, porque siempre queremos que se nos devuelva igual que lo que hacemos. Esto, desde luego, sólo cuando consideramos que hacemos bien, y olvidándonos de lo malo que hacemos”.
El Sultán le miró asombrado y le dijo: “¡Cuánta sabiduría y cuánto amor hay en ti!, ojalá hubiera más como tú en este mundo, con unos cuantos que hubiese, el mundo sería otro; más nuestros ojos tapados con unos velos propios de la humanidad, nos impiden ver la grandeza de seres como tu. Ahora me retiraré porque, si sigo conversando contigo, terminaré por darte todos mis tesoros, aunque sé que los emplearlas bien, tal vez mejor que yo. ¡Qué Alá te Bendiga!”.

Y terminado esto, partió el Sultán junto con su séquito, y el Loco siguió sembrando y no se supo de su fin, no se supo si terminó muerto y olvidado por ahí en algún cerro, pero él había cumplido su labor, realizó la misión, la misión de un Loco.

Este cuento sirve para ilustrarnos lo que muchos seres hacen en este mundo, pero callados, sin esperar recompensa y he aquí que se requieren muchos locos en el mundo, seres que repartan la Luz, que den la enseñanza, que sean guías en este mundo tan hambriento de la enseñanza espiritual.