Historia de La Pasión

Publicado: marzo 23, 2010 de administrador en Cristianismo Esotérico

La historia de la Pasión ocupa el núcleo redaccional en los cuatro evangelios. Los evangelistas relatan lo que sucedió y añaden una explicación de lo sucedido. Mateo esmalta su relato con multiplicidad de citas de la Escritura para demostrar que todo lo que está sucediendo sucede en cumplimiento de las profecías veterotestamentarias sobre el «Siervo de Dios». Lucas ve en Jesús al «justo perseguido», clavado en la cruz por unos hombres impuros. Y Juan amplía el contenido de la Pasión hasta el máximo de su alcance teológico viendo en Jesús al Señor glorificado en el trono de la cruz.

Una interpretación de la Pasión según los principios de la psicología profunda descubre enseguida en el acontecimiento un símbolo de nuestro caminar. A través de símbolos arquetípicos se va describiendo nuestra vida con sus angustias, amenazas y necesidades pero también con su transformación y glorificación. La piedad popular lo ha intuido muy claramente y lo ha expresado en el Vía crucis, dividido en las catorce clásicas estaciones. Los artistas, por su parte, han interpretado la Pasión de manera que todos los hombres puedan reconocerse en ella. También los músicos han intentado siempre reproducir la historia de la Pasión sirviéndose de elementos musicales. Piénsese, por ejemplo, en la Pasión según san Mateo y según san Juan de J. S. Bach. Hay allí un gran conato artístico para convertir la Pasión de Jesús en un espejo de nuestra vida. Cuando la psicología profunda hace desde sus puntos de vista la interpretación de la Pasión de Jesús, lo que en realidad hace es dejarse inspirar por lo que la piedad popular cristiana y la historia han venido haciendo desde             siempre: mirarse en la Pasión como en un espejo y ver en ella un símbolo de nuestra vida.

Al meditar la Pasión según san Juan descubrimos inmediatamente perfectos símbolos arquetípicos. El primero es el símbolo del prendimiento. «Llega Judas con una patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y fariseos para prender a Jesús durante la noche». Tres son principalmente las fuerzas que nos retienen cautivos. Las desafortunadas relaciones con Jesús, como las de Judas. Fluctuamos entre la fascinación y el rechazo, entre el amor y el odio, entre la fidelidad hasta la muerte y la traición vergonzosa. No logramos liberarnos de esas relaciones con Jesús como tampoco lo hizo Judas. Están allí también los soldados, fuerzas hostiles en nuestro interior. A veces nos declaramos la guerra, nos irritamos contra nosotros mismos porque nunca logramos estar completamente satisfechos, practicamos la violencia hacia dentro, nos laceramos y enfocamos contra nosotros las energías mentales como un peligroso fuego. Y están, finalmente, los servidores del sanedrín, las voces interiores que nos juzgan, nos condenan y meten en la cárcel.

Jesús sale al encuentro de estos tres grupos y lo hace de manera señorial. Ante su palabra se debilitan y caen a tierra sin fuerza. Su caída es una confesión implícita del poder de Jesús. Es precisamente Jesús el que lleva la iniciativa, incluso en el momento mismo de ser detenido por los soldados. Si llevamos a Jesús dentro, si llevados de su mano llegamos hasta lo que nos es más auténtico, ya no habrá nadie con poder sobre nosotros, ningún hombre podrá ponernos violentamente en peligro. Ni siquiera los soldados interiores, a sueldo del sanedrín, podrán dañarnos en nada. Todo poder adverso rebota contra Cristo instalado en el centro de nuestro castillo interior. La vida puede hacernos muchas malas jugadas hacia fuera, pero hacia dentro no puede hacer nada contra nuestra dignidad de hijos de Dios porque Cristo está allí.

Los soldados y funcionarios del sanedrín llevaron a Jesús al sumo sacerdote Anas. Éste le hizo algunas preguntas acerca de su enseñanza. Y también aquí responde Jesús con señorío. No se deja intimidar. Por esa dignidad en el hablar le da un empleado una bofetada. Podemos preguntarnos quiénes son en nosotros esos sacerdotes que quieren examinarnos, juzgarnos y condenarnos. Quizá son las voces interiores del Súper-yo, que nos llenan de sentimientos de culpabilidad, que nos vetan cosas, nos amenazan y nos gritan: « ¡Eso no se hace, eso no se dice, eso ni se piensa!». Podría tratarse de sumos sacerdotes dentro o cerca de nosotros, que nos ridiculizan, nos desprestigian, nos devalúan y desprecian. Si nos defendemos, como Jesús, contra semejantes juicios de valoración e intentamos ponernos en el lugar que nos corresponde, entonces nos abofetea el funcionario interior echándonos en cara «que así no se debe hablar». Ese funcionario es la mezquina voz interior que nos humilla constantemente sin tolerarnos nada, que nos susurra consignas como ésta: que no debemos tenernos por tan importantes, que no somos nada y, por lo tanto, lo mejor que podemos hacer es callar. Pero Jesús no se achanta, no se encoge ante el funcionario ni ante su jefe el sumo sacerdote. Su reacción exterior es reflejo de su paz y fortaleza interior: «Si he hablado mal, di en qué, y si he hablado bien ¿por qué me pegas?». Jesús no tolera ser tratado como una cosa. Se apoya en sí, está seguro de sí y reacciona desde esa seguridad.

Si dejamos a Jesús espacios abiertos en nuestro interior nos encontraremos allí con nuestro Yo auténtico, desde donde podremos reaccionar con la misma serenidad y firmeza ante toda clase de provocaciones de dentro y de fuera.

Dentro del interrogatorio del sumo sacerdote intercala Juan la traición de Pedro. Tres veces niega Pedro haber conocido a Jesús. Primero ante la portera, después ante los criados que rodean al sumo sacerdote, finalmente ante el funcionario, «un pariente de aquel a quien había cortado la oreja». Según la psicología profunda, no se trata sólo de una cuestión moral, de si nuestra confesión de Cristo ante los hombres es tímida y llena de respetos humanos, sino principalmente de si tenemos valor de confesar al Cristo que llevamos dentro. No estamos en contacto con nosotros mismos, nos distanciamos del Yo auténtico, del Cristo interior. Hay también en nuestro interior tres elementos que nos desconectan y separan del Yo auténtico interior: el ánima que intentamos proyectar hacia los demás en lugar de identificarla con la portera y dejarnos conducir por ella a las profundidades del interior; la plebe de criados y servidores anónimos que nos separa de nuestro Yo auténtico; y el complejo de culpabilidad que nos pone ante los ojos nuestras obras imperfectas para producirnos angustia y apartarnos de nuestra verdad.

La historia que sigue es una obra maestra creada por el talento artístico de san Juan. Es el encuentro de Jesús con Pilatos y con los judíos que rodean a Pilatos ejerciendo con su presencia presión sobre él. Jesús es llevado al tribunal del gobernador romano. Los judíos se quedan fuera. Son las voces interiores que nos gritan y con sus gritos cargan nuestra conciencia de sentimientos de culpabilidad. Pueden jugar un papel importante, pero nunca aparecen en primer plano, nunca dan la cara, no se enfrentan con la realidad. Es exactamente la forma como ejercen presión sobre nosotros sin dejarnos posibilidad de defendernos. Jesús no pierde compostura ni dignidad ante Pilatos, no se deja arrinconar, no permite que le digan cómo tiene que comportarse ni qué debe hacer. La razón de esta libertad y superioridad reside en esta afirmación: «Sí, yo soy rey, pero mi reino no es de este mundo». Esta afirmación sería también nuestra liberación y salvación. Si pudiéramos caracterizar con la marca de la realeza cristiana toda nuestra pasión, nuestras debilidades y flaquezas, desprecios y marginaciones, soledades y heridas, pero demostrando que nuestra realeza no es de este mundo, nada ni nadie podría ejercer presión sobre nosotros. Entonces tendríamos la firme convicción de que, en cualquier clase de sufrimiento o tribulación exterior queda sin embargo un espacio interior al que nadie tiene acceso, de que poseemos una dignidad intocable que nadie puede arrebatarnos contra nuestra voluntad.

La verdadera liberación no es la supresión del dolor sino el saber mantener el comportamiento real en medio del dolor, como lo afirma Juan en su relato de la Pasión. Jóvenes con los que he representado plásticamente esta escena lo comprendieron así inmediatamente. Vieron con toda claridad la libertad que nos ofrece Cristo cuando en medio de nuestras situaciones conflictivas logramos permanecer firmes en la verdad expresada en esta palabra: mi reino no es de este mundo.

Indudablemente, Pilatos está profundamente impresionado por la conducta de Jesús y desearía ponerle en libertad. Pero ante el griterío de la chusma ordena que le flagelen. Hace aparecer al maltratado y coronado de espinas ante el pueblo y les dice: «Ecce homo, ved qué hombre». Al decir estas palabras está presentando a las miradas de todos al que es el verdadero hombre, al que sin belleza ni forma humana conserva sin embargo la dignidad real. Los sumos sacerdotes y los judíos rechazan al verdadero hombre y presionan cada vez más sobre Pilatos para que le haga crucificar: «Nosotros tenemos una ley y según esa ley este hombre debe morir» (Jn 19,7).

Todo lo dicho se puede trasladar al escenario de nuestro mundo interior. Muchas veces hemos promulgado leyes interiores según las cuales debemos morir nosotros y nuestro Cristo interior. Son las leyes del Súper yo, falsos supuestos fundamentales que nos impiden vivir. Por ejemplo: «Yo no puedo permitirme ningún fallo porque quedaría totalmente desprestigiado. Yo no puedo mostrarme débil porque me rechazarían». El juez interior sería en esos casos Pilatos. Cristo es el Yo auténtico en nosotros. Pero existe al mismo tiempo otra instancia que es de hecho la que juzga y sentencia. Hay tensiones entre el Yo auténtico y el juez interior. Los judíos presionan a Pilatos para que mande crucificar a Cristo. Las voces interiores, los sentimientos de culpabilidad, los sumos sacerdotes interiores inducen al juez interior a que crucifique y acabe con el Cristo interior, con nuestro Yo auténtico. Pero Cristo no se deja crucificar. Conserva su protagonismo incluso a lo largo de su Pasión. Es presentado en público por Pilatos: « ¡Ahí tenéis a vuestro rey!». Los judíos crucifican a Jesús pero lo que en realidad sucede es que Jesús sube a la cruz como a un trono desde donde quiere reinar sobre el mundo entero. Como nuestro reino no es de este mundo, como llevamos dentro una intangible dignidad divina, el Jesús interior terminará siempre por vencer. No existe poder en el mundo capaz de destruirnos ni arrebatarnos esa dignidad.

Ahora va Jesús camino del Gólgota cargado con su cruz. Allí será crucificado entre dos ladrones. Jesús queda en el centro, equidistante de dos polos que tirarían de nosotros hasta dividirnos y desgarrarnos si él no estuviera allí. Pero Jesús está allí. Ante las miradas públicas figura como el rey de los judíos. Pueden éstos gritar contra él todo lo que quieran, las voces de nuestro interior pueden enfurecerse contra él, pero terminarán enmudeciendo y sirviéndole porque Cristo permanece siendo su rey para siempre. Es lo que Juan escenifica en dos tiempos. Los soldados echan a suertes la túnica de Jesús hecha de una pieza y sin costura. Jesús en la cruz es imagen del cosmos. No puede ser fraccionado ni destruido. Es y permanecerá siempre completo, divino, infinito.

En la segunda escena es Cristo mismo el actor. Lleva su madre a Juan y le dice: «Mira, ahí tienes a tu madre». Es un nuevo símbolo de totalidad. Jesús en la cruz une al hombre con la mujer, al ánima con el animus, los dos polos que más pueden dividir y polarizar al ser humano. Jesús en la cruz entre dos crucificados, Juan y María al pie de la cruz: todo el conjunto es un símbolo de totalidad. El número cinco es considerado como un símbolo de la persona que agrupa en torno a sí a los cuatro adversarios opuestos de este mundo. Cristo es el centro del mundo y el centro de nuestra alma, que mantiene conexionados los elementos disgregadores.

Al final pronuncia Jesús la palabra «todo se ha cumplido» y, al pronunciarla, expira. En la cruz ha sometido Jesús todas las fuerzas que pretendían acabar con él. Ha cohesionado en unidad compacta todos los elementos disgregantes del mundo. Ha curado la más profunda herida que existe, la muerte, y la ha transformado en gloria. Dios por su parte glorifica a su Hijo en la cruz. La muerte en cruz era en la antigüedad la muerte más ignominiosa, pero la muerte en cruz de Cristo se transforma en glorificación. Los hombres matan a Jesús pero él, al morir, encomienda su alma al Padre. Es el misterio de la vida redimida. La vida nos juega con frecuencia muy malas jugadas y termina siempre matándonos. Pero no hay en este mundo ningún poder capaz de reinar sobre nosotros. Al final somos siempre nosotros mismos los protagonistas porque en lo más profundo de nuestro ser está Cristo. Él es nuestro rey y su reino no es de este mundo. Ni siquiera la muerte puede expulsarnos de ese reino. A la hora de la muerte nos pondremos en manos de Dios para que nos glorifique en su reino. Este es el evangelio, la buena noticia de la historia de la Pasión. Nuestra vida puede ser una historia de la pasión, pero si Cristo está en el centro de esa historia, también nuestra pasión será transformada porque nuestro Cristo interior seguirá una por una todas las estaciones del Vía crucis hasta ponerse en manos de Dios a la hora de morir.

La exégesis psicoprofunda de la Pasión no pretende hacer otra cosa que proseguir lo que ya Juan empezó: hacer ver en la Pasión de Jesús de Nazaret nuestra propia pasión, hacer comprensible y experimentable la salvación que tuvo un día lugar en la cruz.

Si recorremos con el consciente todas las estaciones de la pasión de nuestra vida y muerte a sabiendas de que nuestro reino no es de este mundo, experimentaremos ya ahora qué significa exactamente ser redimido, ser liberado de los poderes de este mundo, ser introducido en la comunidad de Cristo, vencedor de la muerte. Juan expresa el significado de la Pasión en el hecho del soldado abriendo el costado de Jesús con un golpe de lanza y anotando que de la herida abierta brotó sangre y agua. En la sangre y en el agua ve Juan un símbolo del Espíritu Santo que envía Jesús después de su muerte sobre los hombres (Jn 7,38ss). Del costado de Jesús brota el Espíritu Santo en forma de sangre y agua que se derrama sobre toda la humanidad. Jesús se convierte, por su llaga, en fuente de vida para todo el mundo. En cuanto hijo colgado del árbol maternal se convierte en madre generadora de vida. Para C. G. Jung, Jesús crucificado es un símbolo de humanización. Y la cruz es símbolo del paso del hombre desde su estado de sumisión a los instintos al reino de la libertad:

«El héroe se cuelga de los ramos del árbol materno al ser clavado en los brazos de la cruz. Se une, por decirlo así, a la muerte con la madre y asocia también el acto mismo de esa unión y paga su culpa con el tormento de la muerte. Mediante este acto de valor y de abnegación queda poderosamente sometida la naturaleza animal y de ese hecho cabe esperar la gran salvación de la humanidad. La cruz es símbolo del árbol de la vida y de la madre que puede vencer la muerte y renovar la vida».

Jesús con su corazón perforado es también un símbolo de la humanización ya realizada. En la mirada de Jesús herido podemos encontrar valor para salir de nuestra coraza dentro de la cual intentamos ocultar nuestras heridas con lo que lo único que conseguimos es hacerlas más dolorosas. Solamente en cuanto seres heridos podemos los humanos ser personas de verdad y convertirnos en fuentes de vida para otros. Un amor que no se deja herir permanece infecundo. En nuestra herida tomamos contacto con el corazón capaz de sentir y amar. Precisamente allí, donde nos sentimos heridos e impotentes, es donde más vitalidad poseemos y por donde tenemos acceso a nuestro núcleo interior. En el corazón traspasado hallamos entrada al santuario interior. Se rasga el velo que nos separa de lo más sagrado. Al establecer contacto con nuestro Yo auténtico nos abrimos automáticamente también a los demás hombres. Nos encontramos con ellos ya no sólo en su exterior; les permitimos penetrar por la herida hasta lo más profundo del corazón. Sólo allí puede tener lugar un encuentro saludable, sólo allí puede el Espíritu Santo y santificador derramarse con sus dones y transformar.

Escrito de Anselm Grün

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comentarios
  1. Walter Fernandez-Baca dice:

    POR FAVOR HERMANOS, DESEO INFORMACION SOBRE LA VIDA DE JESUS DESDE LOS 13 AÑOS HASTA LOS 30 EN EL QUE SE PONE A PREDICAR

    DIOS Y EL AMOR LOS BENDIGA

  2. claudia escobar dice:

    Nuestro Señor Jesucristo sufrio una desalmada pasion para poder salvarnos del pecado, y no es justo que ahora nosotros nos comportemos como si todo hubiese sido en vano, no somos capaz de compensar todo ese suftimiento tan siquiera con un comportamiento adecuado, no es necesario ser perfectos, solo amar nuestro projimo y respetarnos como el nos lo enseño. Es momento de retornar tanto amor a Nuestro Señor y amarnos los unos a los otros como el nos lo ha dicho

    • Luis Jackson dice:

      Hermanos en la fe: Quisiera poder con palabras, reflejar el sentimiento de tristeza que embarga mi corazon, al recordar el gran sufrimiento fisico, que tuvo que soportar nuestro amado Señor Jesucristo, por manos de hombres que vieron en el, a un impostor, y no reconociendolo como el autentico Rey de Reyes. Pero no hay que olvidar que todo lo sucedido a Jesus estaba en el plan de Dios, para que se cumpliese, y la humanidad toda,tuviese conciencia de que despues de un gran sufrimiento, viene la gloria y liberacion a traves de la sangre derramada por Cristo.

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