El esoterismo (Parte II)

Publicado: diciembre 8, 2006 de administrador en La Tradición

Luc Benoist

I- RITO, RITMO Y GESTO

El ritmo se oculta en el centro de toda manifestación, de toda actividad profunda del ser –o de cada cosa, puesto que nada es inerte– igual que la herencia dirige la formación de los seres vivos y el habitus intelectual la formación de los cerebros. Constituye el ritmo el armazón numérico de toda la naturaleza, de toda existencia, comenzando por la corporal. El hombre es un transformador de ritmos. Desde el nacimiento hasta la muerte está sumergido en una corriente de ondas en movimiento, en la que los grandes cielos de los años, estaciones y días, determinan la curva de su vida. El hombre gusta de los ritmos y busca ávidamente su percepción. Encuentra en ellos la satisfacción de una necesidad fundamental, la de una comunicación con el ambiente del mundo, con la armonía de la naturaleza y una paz consigo mismo.El acto intelectual llamado comprensión, o incluso conocimiento, consiste en el llamado de un recuerdo que cubre la novedad del manto de lo conocido bajo el velo de una imagen común, es decir, de un ritmo común. El signo sensible pone en acción una reacción de costumbre por la cual lo temible e insólito se tolerarán, aceptados y asimilados; se comprenderán, aunque de hecho, no nos revelen más que este primer encuentro. Lo inesperado se esfuma bajo la magia del ritmo y de la costumbre.El carácter esencial del ritmo consiste en la dualidad complementaria de sus fases, en una alternancia en que ellas se suceden, se compensan en torno de un punto de equilibrio, que es al mismo tiempo un punto de partida y de llegada. Este punto central, mantenido por el ritmo, es creador de una forma por una frecuencia eficaz y de menor esfuerzo que él establece. Las ondas de esta vibración equilibrada se propagan por una correspondencia sutil más allá del cuerpo físico, en la forma psíquica, en donde ellas establecen un estado de armonía y de serenidad, necesario para la obtención de los estados superiores del ser. Estas dos fases son perceptibles en los movimientos alternos de la respiración y del ritmo cardiaco sobre los que se apoyan la gran mayoría de los ritos de realización metafísica. Estos ritos constituyen procedimientos que permiten participar en las fuerzas colectivas que emanan de cada Tradición aún viva. Son éstas, por ejemplo, los mantras hindúes, los dhikrs musulmanes, las danzas sagradas, los himnos y los cantos, las oraciones salmodiadas, las plegarias de memoria, que ponen el cuerpo y el alma del que las recita en relación con el ritmo de la colectividad de la que forma parte, y también con el ritmo del mundo, al que Platón llamaba la música de las esferas. Todo rito, igual que todo acto según el orden, provoca la transmutación de los elementos sutiles del ser humano y facilita su retorno al estado de simplicidad original que es el estado paradisíaco. El rito se basa sobre una concepción intemporal de la acción, estabilizado en un eterno presente en que todo se puede repetir, no a la manera en que la ciencia moderna cree que un experimento es posible, sino más válidamente aún, puesto que una repetición rigurosamente idéntica exige una “salida fuera del tiempo”, que sólo el rito puede llevar a cabo.

II- LA INICIACIÓN

La iniciación, que debe introducir al aspirante en el camino de una realización personal, consiste esencialmente en la transmisión de una influencia espiritual. Esta “bendición” es conferida por un maestro, el ya iniciado, a un discípulo, en virtud de la cadena ininterrumpida, de la filiación efectiva que relaciona al maestro iniciante con el origen de la cadena y de los tiempos. Todo rito de iniciación conlleva gestos simbólicos que son testimonio de una filiación original. Citemos como ejemplo el beso del iniciante que transmite en esta forma al iniciado el soplo de la influencia espiritual que ha presidido la creación del mundo. El iniciante cuando realiza semejantes actos no actúa en tanto individuo, sino como un eslabón de la cadena, como transmisor de una fuerza que lo supera y de la que él sólo es un humilde portador.

Para que llegue a ser eficaz, la iniciación exige, por parte del aspirante, tres condiciones: disposición completa, recepción regular y realización personal. El postulante, en primer lugar, debe presentar ciertas cualidades físicas, morales e intelectuales. En efecto, el iniciado se apoya sobre una individualidad que, aunque limitada, debe ofrecer los menores impedimentos posibles. Siendo la finalidad la conquista efectiva de los estados superiores, o de otra manera una comunión con el Sí-Mismo, principio de todos los estados, exige una armonía absoluta del alma, un dominio completo de todos los elementos de la individualidad. Esta exigencia descarta a todos aquellos a quienes oprime un defecto corporal o una imperfección psíquica que se transformaría en obstáculo en el camino difícil que ellos quieren abordar, incluso si esas anomalías provinieran de un accidente. En efecto, todo lo que le ocurre a un ser le es semejante y ningún hecho le podría alcanzar si no existiera entre ellos una comunidad de naturaleza. Las condiciones más necesarias para recibir la iniciación pueden resumirse en cuatro puntos: pureza de cuerpo, nobleza de sentimientos, amplitud de horizonte intelectual y altura de espíritu. La iniciación debe ser otorgada por un maestro calificado, al que los hindúes denominan gurú (o anciano), los ortodoxos geron, que tiene el mismo sentido, y los musulmanes sheikh, y que desempeña con respecto al discípulo el papel de un padre espiritual, siendo la iniciación un segundo nacimiento. El maestro le acompañara en las dificultades surgidas de la aplicación del método. En cuanto a los conocimientos teóricos, cada organización posee un método para dar las enseñanzas.Una vez recibida la iniciación ésta sigue siendo virtual. Ella debe ser efectivamente valorizara por un trabajo personal, ya que cada persona lleva en sí misma propio maestro. Esta tarea tiene por fin realizar los estados que integran la personalidad. Pero esta idea de estados superiores es de tal manera extraña a la mentalidad moderna que exige algunas explicaciones. Cualquier individuo considerado incluso en la mayor extensión de sus dotes, no es un Ser completo, sino sólo un estado particular de la manifestación de un ser, que ocupa un cierto momento en la serie indefinida de los estados posibles de un ser total. Efectivamente, la existencia en su unicidad indivisible implica modos indefinidos de manifestación y esta multiplicidad implica correlativamente para cualquier otro ser una multiplicidad igualmente indefinida de estados, cada uno de los cuales debe realizarse en un grado determinado de la existencia. Por ejemplo, lo que hay de corporal en el yo, no es sino la modalidad física de una individualidad particular que es una condición limitada entre una gran cantidad de condiciones existenciales. A la Existencia misma en su amplitud corresponde únicamente lo que podría llamarse una posibilidad de manifestación, en tanto que la Posibilidad Universal, siguiendo a Leibniz, corregido en esto por Guénon, implica igualmente posibilidades de no-manifestación, para las cuales la noción de existencia que surge de la cosmología, y hasta la de ser, que surge de la ontología, dejan de ser adecuadas. La Posibilidad Universal surge sólo de la metafísica. Si se prefiere usar la terminología hindú se dirá que el yo o la individualidad no es sino un aspecto transitorio y particular del Sí-Mismo o de la personalidad, que es su principio trascendente. Esto debe ser entendido en los tres mundos y concierne no sólo a los estados de manifestación individual que dependen de una forma, sino a los estados supraindividuales y sutiles y más aún a los estados de no manifestación o estados posibles que la Unidad del Sí-Mismo engloba en su universal totalidad. Esta multiplicidad indefinida de los estados del ser, que corresponde a la noción teológica de la omnipotencia divina, es una verdad metafísica fundamental, la más alta que es posible concebir. Si la realización de los estados superiores puede ser considerada como accesible a algunas personas calificadas, es en virtud de la analogía que existe entre el proceso de la formación del mundo y el desarrollo espiritual de un ser, en sentido inverso, entiéndase bien ya que este camino es el de un retorno al origen. Desde una concepción universal, el mundo se presenta bajo tres aspectos, un estado de no manifestación que representa la Posibilidad Universal, un estado de manifestación informal o sutil que representa al Alma del Mundo y un estado de manifestación formal o tosca que es el del mundo sustancial de los cuerpos. La creación del mundo se presenta como una ordenación del caos o como la consecuencia de un “orden” divino, que la Biblia presenta como un Fiat Lux, ya que la luz ha acompañado siempre a las teofanías, y a que el orden se identifica con la luz. El rayo celeste de este “orden” o de esta “‘influencia” espiritual ha provocado en el centro del caos dual de la naturaleza una vibración luminosa que ha separado las “aguas inferiores” de las “aguas superiores”, es decir, el mundo formal del informal, lo manifestado de lo no manifestado, separación descrita al comienzo del Génesis. La superficie de las aguas, o plano de la separación de ellas, estado en que se opera el pasaje de lo individual a lo universal; plano en el que se refleja el rayo celeste de la iluminación.En efecto, en la misma forma del Fiat Lux divino, la influencia espiritual trasmitida al postulante, ilumina el caos tenebroso de sus aptitudes individuales. Esta partícula de luz intelectual se irradia en todos los sentidos desde el centro del ser, representado por su corazón, y lleva a cabo la completa expansión de sus posibilidades. Esta acción invisible se halla expresada en las diferentes tradiciones por el desarrollo de una flor, rosa o loto, sobre la superficie del agua. De esta manera el ritmo cósmico transmitido por el rito inicial, resuena en la vida de un hombre cuya función consistirá en seguir y completar el plan divino. Sólo en el momento en que el futuro iniciado comprende este fin, llega a ser digno de recibir la iniciación. Esta se realiza en virtud del desarrollo de las posibilidades ya incluidas en su naturaleza, pues ningún misterio llega de otro lado y siguiendo el sentido de la célebre sentencia hindú: ‘Lo que está aquí está más allá y lo que no está aquí no está en ningún lugar’.

III- EL CENTRO Y EL CORAZÓN Toda transmisión regular de una influencia espiritual proviene de un centro que se relaciona por medio de una cadena ininterrumpida al centro primordial mismo. Hablando en lenguaje geográfico, existen lugares que son más aptos que otros para servir de bases a esta influencia. Una geografía sagrada muy precisa ha determinado el emplazamiento de los santuarios, que posteriormente se han desarrollado en esos lugares y que se cuentan entre los más ilustres de la historia, como Delfos, Jerusalén o Roma para limitarnos al Occidente. La referencia de los templos al centro primordial se simboliza por su orientación ritual y por las peregrinaciones, que estando relacionadas con ellos, venían a significar un “retorno al centro”. En los primeros tiempos, las montañas consagradas por las teofanías, venían a ser el centro del mundo para cada Tradición, caso particular el monte Meru en la India. Sobre estas montañas se elevaron los primeros altares y se celebraron los primeros sacrificios. Piedras enhiestas, los betilos, fueron, a semejanza de los montes, considerados como receptáculos de la divinidad. Dentro de este tipo se conoce el Omphalos de Delfos, centro espiritual de Grecia, junto al que vaticinaba la Pitia poseída por la presencia del dios. Después los templos se ocultaron en el seno de las montañas en grutas naturales o construidas. Este cambio de posición de relación entre el monte y la gruta se realizó cuando un oscurecimiento progresivo de la Tradición transformó el lugar celeste en subterráneo y la gruta así llegó a ser el centro de las iniciaciones y de los misterios. Existen tantos centros derivados como tradiciones. Todos ellos se refieren a una Tierra Santa, morada de la Tradición Primordial, región suprema, según la palabra sánscrita Paradêsha, de la que los caldeos han derivado Pardes y los occidentales Paraíso. Esta comarca suprema adquirirá en las diferentes tradiciones múltiples formas, de jardín, ciudad, castillo, isla, templo, palacio… Como su origen es polar, será también el Polo o el Eje del Mundo. Así también se lo denominará Tierra Pura, Tierra de Inmortalidad, Tierra de los Vivientes, Tierra del Sol, etc. Considerado geométricamente como origen de la extensión o biológicamente como germen que irradia en un gesto rítmico la manifestación completa, esta Tierra, este centro, que simboliza un estado, es un punto de partida para la génesis de los lugares, de los tiempos y de los estados. En ese lugar privilegiado en que se refleja el rayo celeste de la influencia de lo alto, las oposiciones están resueltas, los contrarios unificados. Punto de origen y de llegada, comienzo y fin, principio y realización, él es el Medio Invariable de la Tradición china, la Estación Divina del esoterismo islámico, el Palacio Santo de la Kábala, en que la presencia divina, la Shekinah, se oculta en el tabernáculo. El estado primordial que corresponde al Paraíso es el de Adán en el Edén, primera etapa de la realización de los estados superiores. El atributo esencial de los centros que corresponde al equilibrio físico de los cuerpos y de la energía, y a la armonía de las almas, es la Paz del espíritu la Gran Paz del Islam, la Paz Profunda de los Rosacruces, La Pax inscripta en el umbral de todos los monasterios benedictinos. “Si la verdadera razón de las cosas es invisible e incomprensible, dice un texto chino, sólo el espíritu en estado de simplicidad perfecta puede llegar allí en profunda contemplación, al punto central en el que las oposiciones se resuelven en un equilibrio riguroso”. Este conocimiento verdadero es posible porque según Aristóteles es una identificación, un isomorfismo, como se diría hoy. Ello sería imposible si el hombre verdadero no fuese en cierta medida más que el hombre aparente, gracias al principio inmutable que constituye su esencia que tradicionalmente está situado en su corazón. En           efecto, si el conocimiento indirecto y discursivo depende de lo mental y de la razón, el conocimiento efectivo y directo que relaciona al ser con los estados superiores depende del “corazón inteligente”, que no es una facultad individual, sino universal como su objeto. Desde el punto de vista “microcósmico” todas las tradiciones sitúan el centro del ser en la “gruta del corazón”. El corazón es el órgano del Conocimiento, es el órgano del amor espiritual, es el soplo del espíritu, el pneuma, a causa de su relación con la vida. En el corazón se oculta el principio divino indestructible, llamado luz por la Tradición hebrea. Es el embrión inmortal de la Tradición china, al que el alma sigue unida algún tiempo después de la muerte. Como lo manifiestan más claramente que todos los demás, los ritos tántricos indios revelan que el trabajo iniciático consiste en la transformación, en la reabsorción progresiva de la energía sutil del hombre a través de los diferentes centros (chakras) de su cuerpo, situados a lo largo de la columna vertebral, en lugares además ilocalizables, pero vinculados al cuerpo por la misteriosa virtud de los nervios y de la sangre. Esta energía llega hasta el “centro de órdenes”, situado entre los dos ojos, centro que se une al “sentido de la eternidad” y al ojo invisible del conocimiento. En ese lugar el ser recibe las órdenes de su dueño interior, que se identifica con el Atma hindú, con el Sí-Mismo, determinación primordial y no particular del principio que puede denominarse el Espíritu Universal. Por él, el ser llega a la perfección del estado humano antes de superarlo.

IV- MISTICISMO Y MAGIA Mientras una Tradición o una religión es más antigua, más numerosos son los estados que puebIan el mundo intermediario que ella considera, como lo muestran las mitologías exuberantes de Egipto, la India y Grecia. Para los herederos de estas tradiciones, hay en ello una herencia peligrosa. En efecto, este mundo más externo y más complejo que el mundo de los cuerpos, ofrece un caos de influencias diversas por medio de las cuales, el ser, al fluir se arriesga permanentemente. Las mismas fuerzas y los mismos fenómenos pueden tener causas exactamente opuestas y la doctrina del Islam insiste sobre el hecho de que es por el alma (nâfs), que surge del mundo intermediario y sutil, por lo que Satán subyuga al hombre. Sólo en ese estado puede llegar a ser el adversario del Dios No Supremo, puesto que este mundo es el de la dualidad, en tanto que el Principio Supremo y trascendente, idéntico a Brahma no cualificado, está siempre fuera de alcance. Conviene, por lo tanto, antes de ir más lejos, distinguir el esoterismo de las disciplinas con las que el lector las podría confundir, especialmente la magia y la mística. En el sentido ordinario de la palabra, la mística goza de un estado pasivo, de gracia sobrenatural, cuyo, surgir involuntario no permite siempre reconocer su verdadera naturaleza. Esta concepción pasiva de la mística no hace justicia a los grandes místicos cristianos en el sentido canónico del término, que como lo muestra la vida de San Juan de la Cruz, han concretado estados muy elevados, nada pasivos y muy superiores, no obstante, a los de iniciados simplemente virtuales. El estudio de la teología mística mostraría por el contrario una segura equivalencia entre los estados espirituales de los santos y los de los Shaktas de Oriente. La verdadera diferencia se encuentra en la ausencia de una cadena espiritual, lo que aísla al místico cristiano dentro de su propia Tradición, en tanto que el iniciado oriental es reconocido aceptado y ayudado por una organización legítima. En cuanto a la magia, su caso es enteramente diferente. Es una ciencia experimental tradicional que no tiene nada de religiosa. Las operaciones mágicas obedecen a leyes precisas que el mago se limita a aplicar. Para hacerlo, capta y utiliza las fuerzas psíquicas disponibles del mundo intermediario. Estas fuerzas sutiles están relacionadas con el estado corporal de dos maneras diferentes, por el sistema nervioso y por la sangre. Sus efectos son comparables a los de un campo de fuerzas de las que el mago dispone con fines diferentes. En el mundo de los cuerpos, estas influencias actúan por medio de entidades sutiles, como las elementales de los reinos de la naturaleza, o ciertos objetos o lugares. La acción mágica está basada sobre la ley de correspondencia que relaciona por afinidad los elementos naturales y transforma ciertos objetos en condensadores de energía. A veces, como en la India, el mago fija estas fuerzas sobre su propio cuerpo y se adscribe poderes que superan sus capacidades ordinarias. La condensación de estos conglomerados de fuerzas sutiles son comparables a las operaciones alquímicas de “coagulación” y de “solución” que se denomina también “llamada” y de “solución” en la magia ceremonial. Cuando toda relación está rota entre estas influencias errantes y el orden espiritual, caen en el dominio de la hechicería, que utiliza las formas más bajas de la magia negra, que han llegado a ser demoníacas. Entre éstas, las más temibles provienen de influencias de las que se ha retirado el espíritu y se mantiene fuera de todo soporte físico. Esto explica el carácter nocivo de los restos de antiguas religiones y de tradiciones muertas, sobre todo, cuando se trata de las “almas de los muertos”, dobles egipcios, ob hebreo, manes latinos y hasta ídolos del “paganismo”, ya que los dioses abandonados caen en el rango de los demonios. Esta mezcla de metempsicosis anónimas del mundo intermediario, este forcejeo de potencias oscuras y temibles explica la necesidad de un conocimiento muy desarrollado de la parte del ser que debe necesariamente “atravesar” este campo de fuerzas y franquear numerosas etapas antes de alcanzar la zona de las cimas, de los estados propiamente espirituales, que llegan a ser, entonces, lo que el esoterismo musulmán llama estaciones, es decir, estados fijos y definitivos.

 

 

 

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