El esoterismo (Parte I)

Publicado: noviembre 20, 2006 de administrador en La Tradición

Luc Benoist

I.- ESOTERISMO Y EXOTERISMO

En una perspectiva general, se encuentra en algunos filósofos griegos la noción de esoterismo aplicada a una enseñanza oral, trasmitida a algunos discípulos elegidos. Aunque sea difícil en estas condiciones conocer su naturaleza, es posible deducir, a partir de estas mismas condiciones que esta enseñanza superaba el nivel de una filosofía y de una exposición racional para alcanzar una verdad más profunda, destinada a penetrar de sabiduría el ser entero del discípulo, su alma y su espíritu al mismo tiempo. Tal parece haber sido el objeto verdadero de las lecciones de Pitágoras, las que, a través de Platón, han llegado hasta los neopitagóricos de Alejandría.

Esta concepción de dos aspectos de una doctrina, uno exotérico y el otro esotérico, opuestos en apariencia y en realidad complementarios, puede generalizarse, ya que se funda sobre la naturaleza de las cosas. Aun cuando esta distinción no es abiertamente reconocida, existe necesariamente en toda doctrina que goce de alguna profundidad, algo que corresponda a estos dos aspectos, que traducen las bien conocidas antítesis de lo exterior y lo interior, el cuerpo y la médula, lo evidente y lo oculto, el camino ancho y el estrecho, la letra y el espíritu, la cáscara y la sustancia. En la misma Grecia, la doctrina de los filósofos había sido precedida en este camino por los misterios religiosos, cuyo mismo nombre implica el silencio y el secreto. No se ignora que los mistas debían jurar no revelar nada sobre los misterios que los dramas litúrgicos de las célebres noches de Eleusis les habían permitido conocer y mantuvieron su juramento a la perfección.

Habitualmente lo prohibido perteneciente a un conocimiento de cierto orden, presenta grados diversos según su naturaleza. Puede ser simplemente un silencio disciplinario destinado a probar el carácter de los postulantes, como lo practicaban los pitagóricos. O bien, el silencio puede proteger secretos técnicos relacionados con la práctica de un oficio, ciencia o arte y todas las profesiones antiguas se encontraban en este caso. El ejercicio de ellas exigía cualidades precisas y comprendía fórmulas que estaba prohibido divulgar.

Si pasamos ahora más allá del sentido literal, la oscuridad de una doctrina puede subsistir pese a una exposición muy clara y completa. En este caso el carácter esotérico deriva de la desigualdad de los espíritus y de una incomprensión real por parte de los oyentes. Otro tipo de secreto es el que corresponde al simbolismo de toda expresión escrita o hablada, sobre todo cuando se trata de una enseñanza espiritual. Siempre quedará en la expresión de la verdad algo de inefable, pues el lenguaje no es apto para traducir los conceptos sin imágenes del espíritu. Finalmente y sobre todo, el verdadero secreto se justifica como tal por naturaleza; no reside en la capacidad de nadie el divulgarlo. Se mantiene inexpresable e inaccesible para los profanos y no se lo puede alcanzar de otro modo que con la ayuda de los símbolos. Lo que trasmite el maestro al discípulo no es el secreto mismo, sino el símbolo y la influencia espiritual que hacen posible su comprensión.

Así la noción de esoterismo implica en definitiva, tres etapas o tres envolturas de dificultades crecientes. El misterio es en primer lugar lo que se recibe en silencio, después, aquello de lo que está prohibido hablar, finalmente, aquello de lo que es difícil hablar. El primer impedimento está constituido por la forma misma de toda expresión. Es un esoterismo “objetivo”. El segundo depende de la naturaleza imperfecta de la persona a quien se dirige. Se trata de un esoterismo “subjetivo”. Por último, el postrer velo que oculta la verdad al expresarla afinca en su carácter natural de inescrutable. Es éste el esoterismo “esencial” o metafísico el que esperamos tratar más particularmente, pues gracias a él se unifican interiormente todas las doctrinas tradicionales.

Es necesario agregar que si existe una correlación lógica entre exoterismo y esoterismo, no hay una equivalencia exacta entre ellos, pues el lado interior domina al exterior al que integra al superarlo, incluso cuando el aspecto externo ha tomado como en Occidente la forma religiosa. El esoterismo, por consiguiente no es sólo el aspecto íntimo de una religión, ya que el exoterismo no posee siempre y obligatoriamente una forma religiosa y la religión no tiene el monopolio de lo sagrado. El esoterismo no es tampoco una religión especial para uso de los privilegiados, como a veces se supone, pues él no es autosuficiente, tratándose sólo de un punto de vista mas profundo sobre las cosas sagradas. Permite comprender la verdad interior que expresa toda forma, religiosa o no. En la religión domina el carácter de lo social, aunque éste no sea exclusivo. Ella es para todos, mientras que el esoterismo no es accesible, sino a algunos. Y esto no por gusto, sino por naturaleza. Lo que es secreto en el esoterismo llega a ser misterio en la religión. La religión es una exteriorización de la doctrina limitada a lo que es necesario para la salvación común de los hombres, siendo esta salvación una liberación detenida en el plano del ser. En efecto, la religión considera exclusivamente al ser en su estado individual y humano y le asegura las mejores condiciones psíquicas y espirituales compatibles con este estado, sin intentar hacerlos salir de aquí.

En verdad que el hombre, en tanto que hombre, no puede superarse a sí mismo. Pero si puede alcanzar un conocimiento y una liberación por identificación, es porque posee ya en sí un estado universal correspondiente. El esoterismo, que como vamos a ver, toma para revelársenos el canal metódico de la iniciación, tiene por objeto liberar al hombre de los límites de su estado humano, hacer efectiva la capacidad que ha recibido de alcanzar los estados superiores en forma activa y duradera gracias a ritos rigurosos y precisos.

II.- LOS TRES MUNDOS

Como toda ciencia, el esoterismo posee un vocabulario particular. Pero otorga una significación precisa a los términos que toma de otras disciplinas. Estos medios de expresión datan de la época en que han sido fijados. Debemos, por lo tanto, preguntarnos, a qué concepción del mundo correspondían en el espíritu de sus contemporáneos y en la ciencia de aquellos tiempos antiguos.

Allende la naturaleza visible y sensible, los pensadores de la antigüedad clásica reconocían la existencia de una realidad superior habitada por energías invisibles. Partiendo del hombre al que colocaban naturalmente en el centro del cosmos, habían dividido al universo en un terno de manifestaciones, que comprendía un mundo material, un mundo psíquico y un mundo espiritual, en una jerarquía que ha quedado por largo tiempo como base de la enseñanza medieval. El lugar central y mediador dado al hombre en el cosmos se explica por la identidad de los elementos que componen por igual a ambos. Los pitagóricos enseñaban que el hombre es un pequeño mundo, un microcosmos, doctrina adoptada por Platón y que ha llegado hasta los pensadores de la Edad Media. Esta analogía armoniosa que une al mundo y al hombre, al macrocosmos y al macrocosmos, ha permitido a estos pensadores distinguir en el hombre tres modos de existir. AI mundo material corresponde su cuerpo, al mundo psíquico, su alma y al mundo espiritual, su espíritu. Esta tripartición ha dado lugar a tres disciplinas: la ciencia de la naturaleza o física, la ciencia del alma o psicología y la ciencia del espíritu o metafísica, así llamada porque su dominio se extiende más allá de la física, es decir, de la naturaleza. Advertimos de inmediato que el espíritu no es una facultad individual, sino universal, que está unida a los estados superiores del ser.
Esta división trial en espíritu, alma y cuerpo, hoy inusitada, era común a todas las doctrinas tradicionales, aunque los límites respectivos de sus dominios no siempre coincidiesen exactamente. Se encuentra igualmente en la Tradición hindú y en la china. La Tradición judía formula explícitamente esta Tradición en los comienzos del Génesis, en donde el alma viviente es representada como resultado de la unión del cuerpo con el soplo del espíritu. Platón la adopta y posteriormente los filósofos latinos tradujeron las tres palabras griegas noûs, psyqué y soma por tres términos equivalentes spiritus, anima, corpus.
La Tradición cristiana heredó esta tripartición inscrita por Juan al comienzo de su Evangelio, fuente del esoterismo cristiano. En efecto, la tríada Verbum, Lux y Vita, que enumera, debe ser relacionada, palabra por palabra, a los tres mundos, espiritual, psíquico y corporal, caracterizando la luz el estado psíquico o sutil, que es el de todas las teofanías.

San Ireneo distingue claramente la misma división en su tratado de la Resurrección: “Hay tres principios del hombre perfecto, el cuerpo, el alma y el espíritu. Uno que salva y forma, el espíritu. Otro que es unido y formado, el cuerpo. Finalmente un intermediario entre ambos que es el alma. Ésta, en oportunidades sigue al espíritu y es elevada por él. Otras veces condesciende con el cuerpo y se hunde en los deseos terrestres”. Sin embargo, para escapar al peligro de otorgar al alma un elemento sutilmente corporal, como había hecho Platón, los sabios cristianos han terminado por relacionar de tal manera al alma y al espíritu que los han llegado a confundir. Lo que debía concluir en el famoso dualismo cartesiano de alma y cuerpo, al mismo tiempo que a la confusión de lo psíquico y de lo espiritual, entre los que nuestro tiempo no admite ninguna diferencia en la medida en que aún acepta la idea. Sin embargo, si el alma es la mediadora entre las partes inferior y superior del ser, es necesario que exista entre ellas una comunidad de naturaleza. Esta es la razón por la que San Agustín, e incluso San Buenaventura, pensaban en el alma como un cuerpo sutil siguiendo una doctrina tradicional que Santo Tomás ha descartado por temor a materializar el alma.

III. – INTUICIÓN, RAZÓN, INTELECTO

A esta jerarquía de tres estados, corresponden en el hombre tres facultades destinadas a tomar conciencia de él de una manera específica: la intuición sensible para el cuerpo, la imaginación para el alma (o, mejor, razón e imaginación para el complejo psíquico-mental) y el intelecto puro o intuición trascendente para el espíritu. La intuición sensible y la imaginación no presentan problemas, en tanto que el paralelo entre razón e intelecto merece alguna explicación.

El punto de vista esotérico no puede ser admitido y comprendido, sino por el órgano del espíritu que es la intuición intelectual o intelecto, correspondiente a la evidencia interior de las causas que preceden a toda experiencia. Es el medio de aproximación específico de la metafísica y del conocimiento de los principios de orden universal. Aquí se inicia un dominio en donde oposiciones, conflictos, complementariedades y simetrías han quedado atrás, porque el intelecto se mueve en el orden de una unidad y de una continuidad isomorfas con la totalidad de lo real. Por esto podía decir Aristóteles que el intelecto es más cierto que la ciencia y Santo Tomás que es el hábito de los principios o el modo de las causas. Con más rigor aún los espirituales árabes han podido afirmar que la doctrina de la Unidad es única. El punto de vista metafísico, escapando por definición a la relatividad de la razón, implica en su orden una certeza. Pero frente a esto ella no es expresable, ni imaginable y presenta conceptos sólo accesibles por los símbolos. Este último medio de expresión no niega a ninguna realidad de otro orden, sino que se subordina a todas por la potencia de sus misterios. Las ideas platónicas, los invariantes matemáticos, los símbolos de las artes antiguas, constituyen ejemplos de planos diferentes de la realidad.

La ciencia moderna, por el contrario, tiene por instrumento dialéctico la razón y por dominio lo general. La razón no es sino un instrumento vinculado al lenguaje para todos los fines, que permite respetar las reglas de la lógica y de la gramática sin implicar ni garantizar ninguna especie de certeza en cuanto a la realidad de sus conclusiones y mucho menos de sus premisas. Efectivamente, la razón no es sino un medio puramente discursivo y deductivo, un habitus conclusionis, diría un escolástico, que no llega hasta las causas. Es una red de mallas más o menos apretadas, lanzada sobre el mundo de los fenómenos que se apodera de aquellos objetos que son bastante densos, pero que deja escurrir e ignora a los que son más sutiles. Para la ciencia y la razón un hecho no observable o medible carece de existencia. Mucho menos tendrá en consideración todo lo que no sea un hecho. Se comprende cómo la realidad no puede ser reflejada por la traducción superficial que resulte de ella, ni limitada por una técnica obligadamente provisoria. La repuesta que la razón nos da –en realidad la razón sólo da respuestas- depende estrechamente de la pregunta que se le haga. Está condicionada por ella en su unidad, su medida y su rango. Toda respuesta está, en cierto sentido contenida en la pregunta por los postulados que ella supone. El eco parece así el modelo de toda respuesta “inteligente”, como la tautología el modelo de todo razonamiento riguroso.

Por el contrario la palabra no adquiere su sentido profundo sino en su causa, como eco de un pensamiento que utiliza palabras antiguas –que son símbolos– para evocar una realidad siempre actual, pero transfigurada en esotérica por el materialismo progresivo de la inteligencia. La garantía de la verdad no puede facilitárnosla la razón ni la experiencia, porque esta experiencia, exclusivamente histórica, humana, es además corta, demasiado reciente, demasiado joven y demasiado limitada, en un universo que ha conocido estados muy diferentes y que no puede tener con ella ninguna medida común. Ella no tiene en cuenta la índole específica de los tiempos que sólo puede revelar un testimonio directo, llegado de las más lejanas épocas, es decir, de la Tradición.

IV. – LA TRADICIÓN

Conviene comprender lo que significa este concepto de Tradición generalmente negado, desnaturalizado o desconocido. No se trata del color local, de las costumbres populares, ni de los usos curiosos conservados por los folkloristas, sino del origen mismo de las cosas. La Tradición es la transmisión de un conjunto de medios consagrados que facilitan la toma de conciencia de los principios inmanentes al orden universal, ya que el hombre no se ha dado a sí mismo la razón de ser de su existir. La idea más cercana, la más dotada para evocar lo que la palabra significa, sería la de una filiación espiritual de maestro a discípulo, la de una influencia conformadora análoga a la vocación, a la inspiración, tan consustancial al espíritu como la herencia al cuerpo. Se trata de un conocimiento interior, coexistente a la vida, de una coexistencia, y al mismo tiempo de una conciencia superior reconocida como tal, de una conciencia, en ese punto inseparable de la persona que nace con ella y constituye su razón de ser. Desde este punto de vista, el ser es completamente lo que trasmite, él no existe sino porque transmite y en la medida en que trasmite. Independencia e individualidad aparecen como realidades relativas que testimonian un alejamiento progresivo y una caída continua a partir de un estado extensivo de sabiduría original, perfectamente compatible con una economía arcaica.

Este estado original puede ser representado por el concepto de centro primordial del que el paraíso terrestre de la Tradición hebrea constituye uno de los símbolos, comprendiéndose que este estado, Tradición y centro constituyen tres expresiones de la misma realidad. Gracias a esta Tradición anterior a la historia, el conocimiento de los principios ha sido, desde el origen, un bien común a la humanidad que posteriormente se ha extendido en las formas más altas y perfectas de las teologías del período histórico. Pero una caída natural, generadora de especialización y oscuridad, ha abierto un hiato creciente entre el mensaje, los que lo transmiten y aquellos que lo reciben. La explicación se hace cada vez más necesaria, pues la polaridad ha aparecido entre el aspecto exterior, ritual y literal, y el sentido original, vuelto interno, es decir, oscuro e incomprensible. En Occidente este aspecto exterior ha tomado, en general, la forma religiosa. Destinada a la muchedumbre de los fieles, la doctrina se ha escindido en tres elementos, un dogma para la inteligencia, una moral para el alma y unos ritos para el cuerpo. Durante este tiempo, por el contrario, el sentido profundo transformado en esotérico, se ha reabsorbido cada vez más en formas tan oscuras que ha sido necesario recurrir a ejemplos paralelos de la espiritualidad oriental para reconocer su coherencia y validez.

El oscurecimiento progresivo de la idea de Tradición nos ha impedido desde hace tiempo comprender la verdadera fisonomía de las civilizaciones antiguas, y al mismo tiempo, nos ha impedido el retorno a una concepción sintética, que era la de ellas. Sólo la perspectiva de los principios permite comprenderlo todo sin suprimir nada, hacer la economía de un nuevo vocabulario, ayudar a la memoria y facilitar la invención, establecer relaciones entre las disciplinas en apariencia más alejadas, al reservar al que se coloca en este centro privilegiado la inagotable riqueza de sus posibilidades, y esto gracias a los símbolos.

V. – EL SIMBOLISMO

Al echar un puente entre el cuerpo y el espíritu, los símbolos permiten hacer sensible todo concepto inteligible. Se presentan como mediadores del dominio psíquico y poseen por lo tanto un carácter dual, que los hace capaces de admitir un doble sentido y a interpretaciones múltiples y coherentes, igualmente verdaderas desde diferentes puntos de vista. Implican un conjunto de ideas de un modo total y no analítico. Cada cual los puede interpretar en diferentes niveles, de acuerdo con su grado de capacidad. Es más un medio de exposición que de expresión. El símbolo es un género del que sus diferentes variedades, palabras, signos, números, gestos, grafías, acciones o ritos, son especies. En tanto que la lógica racional de la gramática está relacionada al sentido físico y literal, los símbolos gráficos o “agis” son sintéticos e intuitivos. Ofrecen motivos de evocación indefinida hasta permitir traducciones de valores opuestos y complementarios. Además, si se lleva al extremo la investigación de los orígenes, el mismo sentido literal proviene de un primer símbolo cuya imagen ha sido borrada por la inconsciencia de la costumbre desde largo tiempo atrás.

La ciencia de los símbolos está basada en la correspondencia que existe entre los diversos órdenes de la realidad, natural y sobrenatural, no considerándose a la natural, sino como la exteriorización de ésta. El principio fundamental del simbolismo afirma que una realidad de un cierto orden puede ser representada por una realidad de un orden menos elevado, en tanto que la inversa es imposible, ya que el símbolo deber ser más accesible que lo por él representado. Esta regla deriva de la armonía necesaria al mantenimiento del mundo tomado en un momento dado, a un equilibrio cósmico en que cada parte es homóloga al todo. De esta manera la parte simboliza a la totalidad, lo inferior es testigo de lo superior y lo conocido toma las veces de lo desconocido.

El verdadero simbolismo no es arbitrario. Brota de la naturaleza, que puede tomarse como símbolo de las realidades superiores, como lo pensaban los hombres de la Edad Media. El mundo les semejaba un lenguaje divino o mejor, como decía Berkeley, “El lenguaje que el Espíritu Infinito habla a los espíritus finitos”. Los diferentes reinos de la naturaleza colaboran en este alfabeto expresivo. Las ciencias tradicionales como la gramática, las matemáticas, las artes y los oficios eran empleados como bases y medios de expresión del conocimiento metafísico, además de su valor propio, pero gracias a ese valor. Toda acción podía llegar a ser el pretexto de un símbolo adecuado. Incluso los acontecimientos de la historia testimonian a favor de las leyes que rigen la manifestación universal. Esta analogía está fundamentada sobre la que relaciona el microcosmos y el macrocosmos, sobre la identidad de sus elementos y de sus energías.

Agregamos finalmente, para la correcta aplicación del simbolismo; que todo símbolo debe ser interpretado en sentido inverso, en cuanto a su perspectiva formal y no en cuanto a su significación intrínseca, como la imagen de un objeto en un espejo o en una superficie de agua está invertida con relación al objeto que refleja, sin que el objeto haya recibido ningún cambio. Lo primero o lo mayor en el orden de los principios, llega a ser lo menor o lo último en el orden de la manifestación, lo que es interior llega a ser exterior y viceversa. En una palabra, el simbolismo es la llave que abre los secretos, el hilo de Ariadna que relaciona los diferentes órdenes de la realidad. Por él razonamos, soñamos y somos, ya que lo recibido en todos los planos es también un caso de simbolismo, igual que la analogía de las leyes físicas y psíquicas. Toda manifestación es un símbolo de su autor o de su causa. De esta manera el simbolismo no es sólo, como se supone, la fantasía poética de una escuela literaria o una cualidad sobreagregada a las cosas. Forma una sola cosa con la realidad misma a la que se esfuerza en manifestar gracias a su elemento más esencial y oculto, su forma, su ritmo, su ademán. El simbolismo es un caso particular de la ciencia del ritmo entendida ésta en su más amplia generalidad, actividad creadora que se coloca en el origen de las demás manifestaciones visibles, audibles y experimentables, y que intenta reproducir todo rito tradicional.

(Continuará)

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